La esquina

La moral y la ley

MIENTRAS que en materia del aborto y su flexibilización veo a la opinión pública española bastante dividida, creo sinceramente que otras en otras cuestiones de trascendencia moral la sociedad española ha asumido de forma mayoritaria posiciones avanzadas, aunque el ruido de las respetables minorías discrepantes a veces transmita todo lo contrario.

Por ejemplo, no deduzco de las encuestas más solventes ni compruebo en la vida cotidiana de la gente corriente -cuyo trato es imprescindible para los periodistas, aunque raramente lo practicamos- que haya habido una fuerte oposición al llamado divorcio exprés (la agilización de trámites para divorciarse de mutuo acuerdo, sin necesidad de separación previa). Tampoco el matrimonio entre homosexuales ha destruido la familia. Más bien ha legalizado un nuevo tipo de familias.

En ambos casos -divorcio y matrimonio homosexual- se trata de decisiones adoptadas por adultos en pleno uso de sus facultades mentales y en el ejercicio de su libertad personal. Ciertamente, eso escandaliza a otros ciudadanos cuyas convicciones más íntimas les llevan a concebir el divorcio como un pecado y el matrimonio homosexual como una aberración. Están en su derecho y sería odioso un Estado que les obligara a renunciar a dichas creencias. Por la misma razón, no pueden pretender que el Estado legisle las relaciones entre adultos siguiendo los criterios de una determinada religión o una determinada moral, las suyas. No me gustaría vivir en un país en el que la ley de ningún dios -y más frecuentemente, la de sus sacerdotes- se convirtiera así como así en ley civil.

La semana pasada se planteó otro dilema parecido al nacer en Sevilla el primer niño español que había sido seleccionado genéticamente con un doble objetivo: salvarlo de la anemia congénita que padece su hermano mayor, y salvar a éste de la enfermedad -que le llevaría, según los médicos, a morir a los 35 años- haciendo posible un trasplante de médula con células procedentes de su cordón umbilical. En mi opinión, un caso paradigmático de cómo un avance científico en el campo de la genética que podría ser manejado ilícitamente (por ejemplo, para escoger en el laboratorio un hijo de ojos azules, rubio y fuerte), es bien utilizado para evitar sufrimientos a las personas. El bebé cuyo material genético fue seleccionado no sólo ha sido querido por sus padres, sino que con su vida dará vida a su hermano. Es legal desde 2006.

¿Cuál es el problema, entonces? Que algunos españoles piensan que los embriones no usados en el proceso y, por tanto, destruidos, son vidas que se interrumpen criminalmente. Es una convicción respetable, insisto, pero no ha de imponerse como norma a quienes mantienen otras, igual de respetables.

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