la tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

El mundo que se nos viene

PREOCUPADOS por las cosas de nuestra patria, perdemos de vista los profundos cambios en el mundo. Si tuviera que expresar gráficamente el futuro que se nos avecina, lo haría con una gran interrogante. Ninguno de nosotros puede predecir lo que ocurrirá, ni tampoco establecer el ritmo del cambio. Eso sí, los desafíos son profundos. La imagen podría ser un papel lleno de trazos diferentes en su formato y color, entrecruzándose unas veces, separándose otras, pero sin llegar a definir una imagen nítida. La primera sensación es de haberse iniciado un proceso, o, tal vez, de ahondarse uno anterior, que ignoramos cómo se podrá embridar. No podemos ser aquí exhaustivos, bastará con citar algunos elementos.

Nos topamos con el manido tema de la globalización. Aquí nos referiremos a la parte económica. Afecta al crédito, el flujo sanguíneo de la economía, y la deuda; también a la deslocalización y la competencia de los salarios bajos. La mayoría de los estados y de los organismos internacionales por ellos creados parecen incapaces de poder controlarlo. Las riendas no están del todo en sus manos. Eso sí, habrá importantes reajustes que afectarán a la vida diaria.

Pero no es sólo esto ¿Qué decir de la revolución en las comunicaciones? Atrás quedaron los viajes rápidos; el cambio viene ahora, sobre todo, a través de la red. Solemos asociarlo a las ventajas: acontecimientos visibles en tiempo real, aunque se produzcan a miles de kilómetros de distancia; localización inmediata de la persona deseada a través de la telefonía móvil; información veloz por medio de internet; bases de datos inconmensurables, incluido en ellas cualquier tipo de libro o documento…

Todo tiene su cara y su cruz. Y ahora hay que replantearse muchas cosas, sin saber si vamos a ser capaces de dominar el inmenso y complejo artilugio que hemos creado y sigue creciendo ante nuestros ojos, cada vez menos atónitos, a velocidad de la luz.

Los profesores lo vemos en la dificultad de nuestros jóvenes, alterados por la masa de reclamos digitales, para la fijación, el análisis y la reflexión serena sobre los que se fundamenta toda cultura que se precie de tal. En los problemas que tienen para articular un discurso sólido, a pesar de la masa de información, imposible a veces de cribar. Se navega mucho, pero superficialmente ¿Hemos sopesado si, de verdad, se facilita la comunicación interpersonal o estamos creando individuos solitarios, frikis descontextualizados? ¿Está capacitado el padre medio para controlar las múltiples vías por las que llegan a sus hijos mensajes de toda índole y procedencia?

Hemos puesto en marcha un proceso, sin duda asombroso, sin que se hayan desarrollado paralelamente las capacidades para su necesaria racionalización e integración ética ¿Estamos preparados para ello? De momento nos satisfacemos con decir que el problema no son los medios, sino el uso -bueno o malo se entiende- que se les dé. Tal vez estemos echando balones fuera.

En otro orden de cosas, similar incertidumbre se palpa en el ámbito de la política. Europa, la Europa de los cerebros de Pierre Chaunu, encuentra serias dificultades para remontar unida la crisis. Envía señales en sentido contrario, pero todos sabemos que es un gigante con pies de barro; en otras palabras, conocemos demasiado sus muchas incoherencias y debilidades. Pérdida de peso en el contexto internacional aparte, no puede descartarse del todo una vuelta a los nacionalismos.

Su lugar tienden a ocuparlo otras potencias lejanas: Brasil, China, India, Asia en general. Los Estados Unidos, perennes aliados de Europa occidental, coquetean cada vez más con este mundo emergente, mientras Europa, desapegada de sus raíces y valores tradicionales, se esfuerza en hallar su lugar y una identidad.

No lejos del Continente se revuelven los países islámicos. Su primavera se marchita lentamente y se refuerzan sus vínculos identitarios de siempre. Y siguen proyectándose hacia el exterior, a través de dos avanzadillas, muy diferentes en su naturaleza, aunque hijas del mismo padre: el integrismo islámico y la creciente presencia musulmana en Europa. Justo cuando ésta no deja de barajar la entelequia de la interculturalidad.

¿Cuáles serán las reglas éticas del futuro, que animen el sacrificio e impidan el avance de la corrupción entre los líderes y responsables institucionales llamados a dar ejemplo? Para que nuestros hijos y jóvenes puedan discernir el bien y el mal, sin estar al albur de los caprichos de un Gobierno o de la voluntad, siempre voluble, de las mayorías. Y un individualismo radical no amenace con disolver la necesaria cohesión social.

Es, sin duda, un análisis limitado. Tan sólo pretende llevarnos a meditar y ver si aún estamos a tiempo de encauzar los excesos de un mundo pequeño y complejo a la vez, en mutación profunda, sobre una abierta caja de Pandora, que el aprendiz de brujo que somos parece incapaz de conjurar.

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