POR montera

Mariló Montero

Los negros blancos

DE un instante pueden surgir grandes historias. Tengo una pendiente de contarles desde que regresé de mi viaje por Suráfrica.

Ocurrió mientras escuchábamos los cantos de bienvenida de los niños del Colegio Shomang Primary School, en Soweto. El momento, conmovedor, sumergidos en la entrega de los pequeños, se tornó en un soplo simpático cuando observamos que un chaval se sumaba, tal que un relámpago, a la ceremonia. Además de presentarse como el impuntual de la clase, era un niño rubio: albino para ser exactos. Sorprendida, pregunté por él y me comentaron que en cada pueblo, en cada aldea, suele haber un albino que, en esta parte de África, es considerado como un talismán de la suerte. Sus cabellos, dorados y eléctricos, coronaban su variedad natural en un don por el que, en otros muchos lugares, provocan rechazo social. El albinismo no es una enfermedad, apenas una anomalía.

Poco tiempo después me enteré de que el albinismo en otros países de África es una tragedia para sus portadores. En el oeste de África (Senegal, Malí, Costa de Marfil, etc.) son símbolo de mal augurio, rechazados y perseguidos, a veces hasta su eliminación, y en Tanzania los secuestran para matarlos y amputarles los dedos, órganos sexuales, lengua y pelo, con los que celebrar un ritual que dé buena suerte para evitar la muerte. Los centros mineros, donde se encuentran los yacimientos más importantes de diamantes, esmeraldas, rubíes y zafiros, son el mercado habitual para este contrabando de órganos albinos, cuyos principales sospechosos son los mineros de pequeña escala. Las partes de los albinos dan suerte para librarse de la muerte o para encontrar mejores vetas de minerales preciosos.

Generalmente, los niños albinos y sus madres son rechazados por sus padres nada más nacer. En ocasiones se acusa a las portadoras de haberse acostado con blancos o de haber mantenido relaciones sexuales con tokoloshes, espíritus malignos. La desgracia se agrava al verse forzados a abandonar el pueblo donde, más que en las ciudades, asocian el albinismo con la brujería. En los últimos tiempos, el presidente de Tanzania, Jakaya Kilwetw, se ha propuesto acabar con la superstición, ser inflexible con los brujos, y como gesto inicial ha nombrado la primera parlamentaria albina, Al Shaymaa Kwegyr, para luchar contra la discriminación. Desde el Ministerio de Sanidad hasta diferentes asociaciones trabajan para difundir, mediante numerosas campañas educativas, información sobre el albinismo, que pretenden sea reconocido, allí, como una minusvalía. En poco tiempo ha mejorado mucho la ayuda económica que ya les permite acudir a centros médicos, donde obtienen cremas que les protejan de las ulceraciones, quemaduras o el cáncer que les provoca el inclemente sol africano, además de tratamientos oftalmológicos que mejoren su visión.

Es alentador pensar que los insultos de sus propios compañeros de clase empiecen a ser ya fantasmas del pasado.

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