La esquina

¿De quién son los niños?

LEO en la competencia que la Inspección de Trabajo ha confirmado la actuación constante de doce niños en un programa de Canal Sur de notable éxito y brillante conductor. Menuda noche se llama, y se emite, en efecto, de noche, cada viernes, en horario de adultos, hasta las doce de la madrugada. Parece que las autoridades laborales se han preocupado ante el hecho, como hizo con anterioridad el Consejo Audiovisual de Andalucía.

Hay motivos para preocuparse. El primero va ya implícito en el enunciado mismo de la noticia: ¿no tendrían que estar durmiendo a esa hora los niños que siguen el programa fuera del horario infantil protegido por la ley? Más bien sí. El segundo, y fundamental, es que el Estatuto de los Trabajadores prohíbe la intervención de los menores de 16 años en espectáculos públicos, salvo casos excepcionales expresamente permitidos por la autoridad laboral. El espíritu de esta norma es que la participación infantil sólo pueda ser esporádica.

Eso es lo que la Inspección de Trabajo ha detectado que no se cumple en algunos casos. Concretamente se ha sabido que doce menores actúan en este programa con cierta periodicidad. Como si fueran fijos. No cabe hablar de explotación laboral de las criaturas, cuyos padres solamente reciben cantidades modestas en concepto de ayudas al vestuario, dietas y gastos de desplazamiento, pero existe de hecho una remuneración, es decir, no acuden al plató sólo para divertirse como si participaran en una actividad extraescolar adecuada a su edad.

Y ahí radica el problema. A estos niños -objetivamente, no por voluntad de los organizadores- se les está inculcando una vocación artística o televisiva que no estoy seguro que les ayude para su formación y madurez. No es un mundo, el de los focos y la popularidad, que contribuya a la estabilidad psicológica de un niño que debería dedicarse a aprender, jugar y convivir con sus iguales. Consta que algunos de ellos no sólo aparecen de forma recurrente en el programa, sino que tienen clubs de fans y webs con sus fotos en Internet. Todos tenemos en mente muchos casos desgraciados de juguetes rotos: niños y adolescentes a los que se ha introducido en el disparadero del espectáculo y la fama cuando carecían de voluntad propia y que luego han padecido los desgarros del fracaso y el desarraigo.

Todos estos planteamientos han de ser matizados por la aclaración fundamental de que los padres autorizan que sus hijos acudan al programa. Pero me planteo lo siguiente: ¿los niños son de sus padres o son seres humanos merecedores de protección cuando los padres, aunque sea de buena fe, se equivocan con ellos?

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