la tribuna económica

Gumersindo / Ruiz /

La nueva deuda energética

LA cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático, que acaba de finalizar en Durban, Sudáfrica, ha perdido protagonismo en parte por coincidir con las reuniones de la Unión Europea sobre la crisis de la deuda, y sobre todo por sus pobres resultados. Desde el principio de esta crisis he visto similitudes entre los dos problemas; cómo el déficit público y endeudamientos privados acaban convirtiéndose en una pesada carga de deuda, y cómo las emisiones de gases a la atmósfera son un problema acumulado cada vez más difícil de manejar.

"El cambio climático es real, provocado por la persona humana, e importante". Estas palabras las acaba de escribir Bjorn Lomborg, una de las pocas voces que se ha opuesto a frenar drásticamente las emisiones de dióxido de carbono, y autor del polémico libro El medioambientalista escéptico. Sigue siendo escéptico sobre las posibilidades de que se logre un acuerdo relevante -como se ha comprobado en Durban-, pero no sobre el problema en sí, y propone una fuerte inversión pública en tecnología de energía verde para hacerla competitiva con la del carbón, gas y petróleo, como única forma de reducir el peso de estas últimas. Lomborg duda de las campañas para concienciar a la gente del problema ambiental, por las catástrofes que pueda ocasionar el calentamiento del planeta, porque en su opinión los problemas no serán graves hasta 2075 e incluso ahora puede ser beneficioso cierto calentamiento. Esto es igual que los beneficios en crecimiento y empleo que se atribuían al principio a la burbuja financiera, sin tener en cuenta la gravedad de lo que podía ocurrir cuando estallara.

Nicholas Stern es el autor del informe de referencia sobre las implicaciones económicas del cambio climático, y acaba de poner el dedo en la llaga al señalar que los balances de las empresas relacionadas con el carbón, gas y petróleo no recogen en sus pasivos una contrapartida por los riesgos que acumulan sus activos, esto es, sus inversiones y derechos sobre explotación y descubrimientos futuros. Lo mismo puede aplicarse a países productores y exportadores. Estos riesgos deberían reconocerse de alguna forma, pues tendrán una concreción económica si los costes del cambio climático se cargan a estas materias primas, o se financian con impuestos específicos la investigación y desarrollo de energías limpias. De la misma manera que el sector financiero está padeciendo directamente las consecuencias de la crisis, el sector de la energía puede ser el próximo en soportar el coste que va a llevar consigo el cambio climático.

En Andalucía llevamos ya un tiempo apostando por las energías renovables como alternativa de producción y para la exportación; pero si el éxito de estas energías está en su abaratamiento y capacidad para competir con las tradicionales, nuestra competitividad estará en la tecnología y su desarrollo, así como en la producción especializada, pues en la masiva -como se ha visto con los paneles solares- es muy difícil competir con China. La burbuja climática se propaga a un ritmo menor que la financiera, pero ahí está; esperemos que no tengamos que sufrir el drama humano que, al final, implican.

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