la tribuna

Francisco J. Ferraro

Ante un panorma desalentador

COMENZAMOS un nuevo año con escasa ilusión. El Banco de España, los institutos de análisis económico y hasta el mismo Gobierno confirman que la economía española ha entrado en una nueva fase recesiva y que, como muy pronto, empezará a remontar débilmente en la segunda parte del año, dejando como secuelas un aumento del paro y la reducción de las prestaciones de algunos servicios.

Estas previsiones son consecuencia de las restricciones de demanda a las que se enfrenta la economía española. El consumo privado seguirá contrayéndose como consecuencia del aumento del paro y de la necesidad de destinar parte de la renta a reducir el elevado endeudamiento. Por su parte, no es previsible que aumente la inversión privada en un contexto de contracción de la demanda, de incertidumbres y con el grifo del crédito prácticamente cerrado. El gasto público se contraerá notablemente por la aplicación de políticas de consolidación fiscal en todas las administraciones públicas. Finalmente, la demanda externa, que ha sido el componente del PIB que ha permitido variaciones ligeramente positivas el pasado año gracias al dinamismo de las exportaciones y el buen comportamiento del turismo, parece que se reducirá o desacelerará como consecuencia de la contracción de nuestros principales mercados y de las limitaciones competitivas de la oferta para seguir aumentando las exportaciones.

Estas pesimistas perspectivas pueden empeorar si en el ámbito internacional se producen algunos de los peores indicios: que la crisis del euro rebrote aumentando las incertidumbres en la economía mundial, que las medidas de austeridad impuestas por Alemania provoquen una fuerte contracción de la actividad, que los desequilibrios de Estados Unidos aborten su débil recuperación, o que la burbuja inmobiliaria, las tensiones inflacionista y social impidan que China siga tirando de la economía mundial como en los años recientes.

En el ámbito nacional las previsiones recesivas se intensifican después de que el Gobierno haya informado de que el déficit público previsto para 2011 se dispara desde el 6 al 8%, lo que exigirá ajustes fiscales en el entorno de 36.000 millones de euros para cumplir con el Programa de Estabilidad. En el Consejo de Ministros del pasado viernes se definieron recortes de gasto de 8.900 millones de euros y 6.200 de aumentos de impuestos, por lo que aún queda pendiente la mayor parte del ajuste.

Contemplando este oscuro panorama es comprensible que el desaliento sea una sensación frecuente en los españoles en el comienzo del nuevo año. Pero, aun siendo entendibles las actitudes derrotistas, especialmente entre los millones de parados, la mayoría de los ciudadanos son conscientes de que nuestros excesos en el pasado están en la base de nuestros problemas del presente. En consecuencia, lo razonable en una sociedad madura no es abandonarse al desahogo y criticar cualquier alternativa. Para ello es recomendable que cuando critiquemos las políticas gubernamentales imaginemos las alternativas, pero teniendo en cuenta los costes y beneficios y sus efectos y reacciones en distintos colectivos sociales. Desgraciadamente los políticos no suelen ser un ejemplo de ponderación para la sociedad, pues cuando están en la oposición critican los ajustes, para realizar otros más duros cuando gobiernan, o se niegan por principios a aumentar los impuestos para subirlos con intensidad en cuanto llegan al poder justificándolo en razones aparentemente sobrevenidas. Los ajustes son imprescindibles y, en general, están bien diseñados, como imprescindible son el saneamiento del sistema financiero, la reforma del mercado de trabajo y otras reformas estructurales anunciadas por Mariano Rajoy en el discurso de investidura. Y lo que corresponde a la sociedad es colaborar con las imprescindibles reformas que permitan una adaptación rápida y no traumática de nuestro sistema institucional y productivo para que este tiempo de restricciones sea lo más reducido posible, y para que podamos abordar el futuro sobre una base económica más sostenible.

Por otra parte, aunque las previsiones para el futuro próximo son negativas, no estamos ante el fin del mundo. La crisis es grave y ha provocado la reducción de nuestra renta per cápita al nivel del año 2002, pero aún estamos en la media de una de las zonas más ricas del planeta, nuestro país se sigue encontrando entre las potencias económicas más importantes del mundo, tenemos empresas situadas en lo alto de los ranking de las mejores empresas mundiales en diversos sectores, nuestra dotación infraestructural es magnífica (posiblemente excesiva), nuestro capital humano ha mejorado a pesar de las limitaciones cualitativas que vienen poniendo de manifiesto diversos informes y, lo que tal vez sea más importante en momentos de crisis, la inmensa mayoría de la población cuenta con el colchón de nuestro Estado del bienestar y el decisivo soporte de la ayuda familiar.

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