¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

Un paseo por Valdelarco

COMO muchas iglesias del oeste andaluz, la de Valdelarco tuvo que ser reconstruida tras el Terremoto de 1755, el gran desastre de la Europa del XVIII y al que, paradójicamente, le debemos la actual belleza de una Lisboa que fue reconstruida con escuadra y cartabón por el Marqués de Pombal. Hoy, la mole del templo sigue destacando entre un caserío más bien humilde, cuyas calles guardan aún un aire de pequeño burgo medieval, con huertas tapiadas que bien pudieron pertenecer a los desconsolados padres de Melibea.

En este pueblo de la Sierra de Huelva fondeamos tras una semana de fuerte marejada en el proceloso mar hispano. El sábado llueve con intensidad, tanto que los lugareños afirman que hacía tiempo que no se veía al cielo descargar con tanta fuerza. Parece como si la meteorología se hubiese contagiado por los negros titulares de los últimas jornadas: Mario Conde, Torres Hurtado, el ministro Soria, Manos Limpias… Estos días nos recuerdan a esa extraña novela de Chesterton, El hombre que fue jueves, en la que una serie de giros magistrales hacen que el lector no pueda distinguir bien quiénes son los terroristas y quiénes los policías, dónde está el bien y dónde el mal. Dentro de la crisis general que vive España hemos entrado en una fase desconcertante en la que los supuestos justicieros y los supuestos corruptos forman parte de una única y oronda legión. Durante una época pensamos que los llamados partidos sistémicos, aquéllos que representan el bipartidismo imperfecto que ha regido España durante las últimas décadas, serían capaces de regenerar el tejido institucional, pero a estas alturas ya resulta difícil mantener esta afirmación. Por su parte, los alcaldes de los autoproclamados ayuntamientos del cambio impulsan la revitalización de España colgando en sus balcones banderas en memoria de la II República, un régimen cuyos dramáticos errores de bulto lo invalidan como ejemplo edificante.

¿Estamos ante una situación catastrófica? No lo parece cuando uno pasea por las calles y caminos de Valdelarco en completa paz y sosiego. Sin embargo, esta tranquilidad no debe ser muy diferente a la que habría en las villas de España y Portugal la mañana del 1 de noviembre de 1755, antes de que la tierra temblase de forma súbita y violenta, arruinando vidas, edificios y haciendas. Queda el consuelo de que tras la destrucción vino la reconstrucción: los feligreses de Valdelarco levantaron de nuevo su iglesia y Lisboa resucitó en los planos de Pombal.

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