EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

El poeta en el santuario

HAY una foto muy poco conocida de Miguel Hernández en el santuario de Santa María de la Cabeza, en Andújar, durante la Guerra Civil. El poeta está detrás de un grupo de oficiales republicanos que observan el santuario tras un parapeto. Miguel Hernández acababa de casarse en Jaén, pero allí estaba, pelado de frío, en primera línea de combate. El poema Aceituneros, que canta Paco Ibáñez y todos hemos oído alguna vez, lo escribió allí, en Andújar, en los últimos días del asedio de aquel santuario en el que se habían refugiado un centenar de guardias civiles con sus familias. En aquel momento, otros escritores que se las daban de revolucionarios estaban en Madrid o en Valencia, haciendo propaganda en la radio con sus "monos azules recién planchados", como escribió Juan Ramón Jiménez. Miguel Hernández no llevaba el mono recién planchado, sino lleno de barro y de piojos, y estaba allí porque se había alistado voluntario. El 1 de mayo de 1937, cuando los guardias civiles se rindieron, los republicanos los trataron con una generosidad inusitada. Miguel Hernández incluso llegó a elogiar el valor de los guardias civiles en uno de sus artículos de propaganda. En nuestra guerra, el odio y la crueldad lo inundaron todo, pero el asedio de Santa María de la Cabeza terminó como una película de John Ford entre yanquis y confederados. No es casual que Miguel Hernández estuviera allí.

Dos años después de la foto, en mayo de 1939, Miguel Hernández fue entregado por la Policía portuguesa al puesto fronterizo de Rosal de la Frontera, en Huelva. Cuesta trabajo imaginar cómo había llegado hasta allí. En los últimos días de la guerra podría haber huido a Francia, pero prefirió irse a Orihuela, a ver a su mujer, y luego intentó huir a Portugal. De forma inverosímil llegó hasta Aroche en camión, luego siguió a pie y cruzó nadando el Guadiana con una maleta en la cabeza. En el primer pueblo portugués que encontró intentó vender un traje y un reloj, y eso despertó las sospechas. Alguien lo denunció a la Policía, que lo detuvo y lo entregó en el puesto de Rosal de la Frontera. Sólo llevaba encima un billete de veinte escudos y un libro de poemas de Vicente Aleixandre. En el puesto fronterizo fue interrogado y torturado, y desde allí lo enviaron a Madrid. En 1940 fue condenado a muerte en un juicio tan grotesco como todos los que se hacían en la posguerra franquista, aunque luego se le conmutó la pena por la de 30 años. Las cartas que escribió desde la cárcel a su mujer son un prodigio de humor y ternura. También cuesta imaginar cómo consiguió escribirlas.

Miguel Hernández murió en la cárcel con sólo 31 años. Nadie supo ser tan generoso con él como él había sido con los guardias civiles de Santa María de la Cabeza.

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