La tribuna

Luis Gómez Jacinto

La política y la emoción

DE otro planeta, tal vez como el del señor Spock de la serie Star Trek, parecía la dura y fría Hillary Clinton, hasta que unas lágrimas televisivas han dado la vuelta al mundo para mostrarnos el rostro de una mujer vulnerable a las emociones. Fingidas o no, las lágrimas de la candidata a la presidencia de los Estados Unidos compensan su imagen excesivamente racional. Otro extraterrestre para sus compañeros de partido, Alberto Ruiz Gallardón, compareció también ante los medios de comunicación al borde de las lágrimas, después de una reunión a tres bandas con Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre. La rabia y el resentimiento asomaban a sus ojos en una reacción inesperadamente emocional. Ya veremos el efecto político de los sentimientos desbocados del ambicioso alcalde. En un polo opuesto de estas dos emociones negativas tenemos colocado al hiperactivo y ahora enamorado Nicolas Sarkozy. Lejos de la discreción amorosa de sus antecesores, el presidente francés pasea su felicidad por las piedras milenarias de Egipto y Petra, y por las líneas del papel couché.

Tres políticos de moda con éxito en sus respectivos ámbitos de actuación y que, como el resto de los terrícolas, tienen sus corazoncitos con razones que la razón no siempre entiende, como diría Blaise Pascal. Y eso nos gusta. Porque a los seres humanos nos cuesta mucho entender la ausencia de sentimientos en nuestros semejantes. Y pocas cosas nos impresionan más que el raro y celestial don, en el decir del poeta italiano Vittorio Alfieri, que la persona que sepa sentir y razonar al mismo tiempo. Las lágrimas de la ex-primera dama norteamericana le han proporcionado ese plus emocional que muchos le echaban en falta. Y después de ver las imágenes de la última campaña publicitaria de Carla Bruni entendemos perfectamente las emociones del pequeño gran zar francés. También Alberto ha conseguido la comprensión de los demás, al menos de los que no le votan; ya veremos la capacidad empática de su propio electorado.

Ni los más esforzados racionalistas han tenido fácil la distinción entre emoción y razón. Para ellos las emociones son fuerzas que necesitan ser controladas y la razón es el medio para controlarlas. El racionalista Descartes consideraba que las pasiones son aflicciones del alma que nublan el pensamiento y la capacidad de decisión, y que hacen cometer errores importantes incluso a las personas más inteligentes. Esta imagen negativa de las emociones, que han de ser domeñadas por la razón, ha sido dominante en el pensamiento occidental hasta nuestros días. Y sin embargo, qué difícil se nos hace pensar en un ser humano carente de emociones. Otro eminente pensador, Kierkegaard, decía: "Pierde menos el que se pierde por la pasión que el que pierde la pasión". Un ser humano sin la capacidad para reírse o llorar, odiar o amar, enfadarse o entristecerse, no nos parece un ser humano. Sólo nos parecen tales quienes asoman a sus caras las universales expresiones de la conmoción interior que implica todo sentimiento humano.

Las emociones forman parte esencial de nuestra naturaleza. Un mundo sin ellas no nos parecería digno de ser vivido. La película clásica La invasión de los ladrones de cuerpos (hay una nueva versión actualmente en cartelera protagonizada por Nicole Kidman) nos propone una inquietante alternativa: sustituir el complejo mundo actual por un mundo perfecto de seres humanos generados a partir de unas semillas provenientes del espacio. Es un mundo sin conflictos, en el que no tienen cabida la ira, el miedo, la envidia, la culpa, la alegría, la tristeza, la vergüenza, el amor, la repugnancia, la compasión. Un mundo poblado por seres humanos sin emociones. Nada de lo que pasa a su alrededor les afecta. Nada les alegra, nada les entristece o les llena de ira. Son seres cartesianos perfectos. Pero es claro que no son de este mundo.

Nosotros, simples terrícolas, somos emocionales por naturaleza. Desde los tiempos más ancestrales las emociones nos han acompañado. En sus orígenes estuvieron ligadas a las funciones de reproducción y de supervivencia de la especie, pero a lo largo de nuestra corta historia y de nuestro largo pasado la vida emocional ha servido, sobre todo, para fortalecer el compromiso con las demás personas. Somos seres ultrasociales en la misma medida en que somos ultraemocionales y no hay ninguna faceta humana que no esté teñida con el color de la emoción: estridentes en muchas ocasiones, luminosos en otros momentos, suaves a veces, y cálidos casi siempre. No podemos evitarlo. Poco importa que el corazón del señor Spock no pueda entendernos. Como el capitán Kirk, nosotros y nuestros sentimientos también le acompañarán en sus viajes más allá de las estrellas.

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