Opinión

Fco. Javier Rodríguez Barberán

La pornografía de la muerte

EN 1955, el antropólogo Geoffrey Gorer publicaba un ensayo cuyo título me ha servido para encabezar esta tribuna. De modo sintético, la tesis de Gorer era que, en las sociedades más avanzadas, la muerte y los ritos en torno a ella eran ocultados, con lo que pasaban a convertirse en un tema tabú, de un modo semejante al sexo durante el siglo XIX. Transcurrido ya más de cincuenta años, creo que los planteamientos de entonces deberían ser revisados, aunque lamentablemente al alza: sigue existiendo una proscripción de la muerte en nuestro mundo, pero la analogía con lo pornográfico se ha hecho más amplia, ya que la muerte también es un extraordinario negocio. Cuando dicho negocio tiene que ver con el mundo de los servicios funerarios no caben demasiados reproches en primera instancia, y menos aún en el contexto de este artículo. No voy a hablar aquí de seguros de decesos, o de tanatorios y sepulturas; lamentablemente voy a tratar de la conversión de la muerte en un espectáculo.

Según la delegada municipal de Cultura, para que el Casino de la Exposición pase a tener "la vida (sic) que debería tener", no hay nada mejor que llenarlo de cadáveres. Porque la muestra Bodies. The Exhibition es exactamente eso: un catálogo de "especimenes (sic) diseccionados para proporcionarnos un manual visual de nuestro propio cuerpo", como reza la publicidad de la misma. Eso sí, para nuestra tranquilidad se advierte que los cadáveres "han sido tratados con toda la dignidad y respeto que se merecen". Por un interés personal investigador conozco bien el mundo de la iconografía de la muerte, de los teatros anatómicos y de un tema tan singular como las figuras de cera destinadas a los gabinetes médicos en los siglos XVIII y XIX. En todos estos casos hablamos de creaciones humanas o de espacios que vinculaban las reflexiones sobre la muerte y el conocimiento científico con la cultura de su tiempo, pero hay algo que los diferencia de esta exposición: hablamos ahora de un gran montaje comercial, y para que nadie dude de ello, la delegada municipal afirma que "es tan impactante que los que hemos tenido la suerte (sic) de verla en otras capitales nunca la olvidaremos".

A mí, la verdad, no me gustaría tener esa suerte. Pensar que la cultura sevillana necesita de una muestra en la que se prescinde del respeto hacia quienes una vez compartieron con nosotros la condición de seres humanos, es una aberración. ¿A qué "exigencias éticas" se refiere el ayuntamiento cuando habla de la exposición? ¿Se va a investigar la procedencia de los cadáveres? ¿Veríamos igual esto si los cuerpos no provinieran de China, sino de algún estado de la Unión Europea o de nuestra propia ciudad? No hay justificación cultural o científica para este proyecto. Existen muchos otros donde el conocimiento del cuerpo humano no necesita de cadáveres presentados como obsceno objeto de consumo. La preocupación de los impulsores de este espectáculo aberrante y la de nuestras autoridades -para que no haya distinciones políticas entre "buenos" y "malos", la muestra clausurada hace poco en Madrid tuvo como colaboradores a Telemadrid y la COPE entre otros- parece, tristemente, ser la misma: unos quieren ganar el máximo dinero posible y otros "hacen caja" cultural ofreciendo como nueva una atracción tan siniestra como las de las antiguas barracas de feria, tal y como se comentaba en el editorial de Diariode Sevilla del pasado miércoles. Resulta descorazonador que a comienzos del siglo XXI se nos siga ofreciendo el mismo pan y circo que degradaba ya la condición humana muchas décadas atrás, sólo que ahora camuflado tras la retórica del progreso tecnológico y de la modernidad. Precisamente aquí se esconde lo más terrible: alguien debería advertir de que razones muy semejantes fueron esgrimidas como coartadas por los civilizados médicos de Auschwitz y Treblinka, y hace mucho ya que por desgracia conocemos los resultados.

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