La ciudad y los días

carlos / colón

El precio de la libertad

SAN Feliu de Llobregat. Ocho de la mañana. En el piso están una mujer de 37 años, su hija de siete (fruto de un matrimonio anterior) y una sobrina de 12. Se presenta el hombre con el que ha mantenido una relación con la que ella ha decidido terminar. Él, un agente de los Mossos d'Esquadra, no lo ha aceptado. Encierra a las niñas en el balcón. Se oyen gritos y golpes. Las niñas piden socorro. El agente dispara contra la mujer, que muere en el acto, y se pega un tiro en la cabeza. Dos niñas en un balcón, aterrorizadas, y dos muertos en la habitación. Otro caso más. El año pasado fueron asesinadas 57 mujeres. En lo que llevamos de 2016, sólo tres meses y medio, han sido asesinadas 17.

Un siglo después de los movimientos sufragistas muchas mujeres pagan la libertad con su vida. Tras los crímenes llamados de violencia de género no se esconde otra cosa más que la brutal represión y el castigo ante un ejercicio de la libertad. Matan los hombres a las mujeres como los guardias de los campos de concentración a los presos que intentaban fugarse, para impedirles dejar la reclusión tras las alambradas de una relación que ya no desean. Antes la sanción social negativa que caía sobre la mujer que abandonaba el hogar, el sacrificio de las madres por el bien de sus hijos, el miedo a perderlos si era ella la que se marchaba y la falta de recursos propios impedía a la mayoría de las mujeres -sobre todo a las más modestas- poner fin a una relación no deseada. Ahora pueden hacerlo. Tienen medios propios de vida. Han logrado esa libertad que no pueden ofrecer las leyes: la que procura la independencia económica. Y por eso las matan. Porque pueden decidir. Porque pueden irse. Porque pueden decir basta. La muerte como precio de la libertad ejercida. Porque una cosa es la libertad reconocida por las leyes y otra la que verdaderamente se ejerce. Aún al precio de la vida.

Entre los muchos finales que alguien imagina no figura el de ser tiroteado ante su hija. Cosa de películas de gánsteres. O de quienes tienen la desdicha de vivir en países sumidos en la violencia. Algo irreal o lejano. Y sin embargo sucede aquí. Diecisiete veces en lo que llevamos de año: apuñaladas, tiroteadas, a golpes, estranguladas y degolladas. Y este es un problema complejo que no tiene que ver necesariamente con los estándares comunes de calidad de vida. Dinamarca, Suecia y Finlandia encabezan las estadísticas de malos tratos y asesinatos.

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