Opinión

Manuel J. Lombardo

Los premios de la victoria

LO de La soledad fue un espejismo. Lo escribimos aquí a propósito de los Goya del año pasado, en los que Camino fue la gran triunfadora, y lo corroboramos este año, que augura un paseo triunfal para Celda 211. Los profesionales del cine español ya pagaron entonces todas sus deudas (o su mala conciencia, quién sabe) con la novedad, lo pequeño, la disidencia o el riesgo formal.

Nada mejor en tiempos de crisis y polémicas (la dichosa Ley del Cine) que reafirmar desde la institución que representa Álex de la Iglesia el peso específico de ese cine que hace industria a partir de modelos de importación y desde la incontestable sentencia de la taquilla. Desde su presentación (fuera de concurso) en el Festival de Venecia, Celda 211 se ha ido ganando, pasito a pasito, el lugar del consenso que la sitúa ahora como máxima aspirante a todos los premios. Es el suyo el éxito de un cine de género bien hecho, apuntalado desde la escritura, levantado sobre interpretaciones de raza (el Malamadre de Luis Tosar está destinado a ocupar un lugar en la memoria cinéfila de este país), y rematado por una puesta en escena sobria, funcional y enérgica que confirma a Monzón como cineasta de estirpe (neo)clásica en tiempos de timidez autorial.

Junto a su película, los académicos reconocen el espectacular y nostálgico despliegue de producción de Ágora, destinada a ser nuestro buque insignia (con mensaje) en el extranjero, castigan, este año tocaba, a Almodóvar, que ni siquiera aparece como mejor director mereciéndolo de sobra, y reconocen las derivas melodramáticas con pedigrí artístico de El baile de la Victoria y El secreto de sus ojos, dos ejemplos de colaboración hispanoamericana que comparten mucho más que la presencia en el reparto de Ricardo Darín y su candidatura al Oscar, a saber, una fórmula academicista y popular con veleidades poéticas y leve trasfondo histórico-político.

La pedrea ha sido generosa con After, del sevillano Alberto Rodríguez, que ve reconocido el artificio de ese guión que hace a un tiempo original y prisionera a su interesante y amarga tercera película. También se reconoce a su director de fotografía, Álex Catalán, y a Blanca Romero, que será buena merecedora de premio en una categoría (actriz revelación) que parece ideada para legitimar la transición, inevitable en nuestro cine, de la pequeña a la gran pantalla.

Gordos, El cónsul de Sodoma, Yo, también y la refrescante Pagafantas se reparten el resto de candidaturas desde su medianía (que es la del cine español) con algunos destellos de genio, mientras que tres de las películas que mejores críticas han cosechado esta temporada, Los condenados, de Isaki Lacuesta, Liverpool, de Lisandro Alonso, y Mal día para pescar, de Álvaro Brechner, se quedan sin candidatura. Definitivamente no era éste el año para sutilezas, variaciones y experimentos.

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