Antón Capitel

A propósito del proyecto de rehabilitación de las Atarazanas

El autor defiende la propuesta de Vázquez Consuegra y alerta de que la retirada del relleno en el suelo puede provocar el problema de estabilidad que se resolvió en el Renacimiento

Suelen creer algunos, generalmente profanos y aficionados, que la restauración de monumentos es algo así como una suerte de purificación, un librar a los edificios antiguos de aquello que supuesta e indebidamente los tiempos posteriores, casi siempre malditos por modernos, le habían ido acumulando de forma espuria e indebida. Restauración sería, pues, según ellos, cosas como quitar un retablo o una parte neoclásica de una iglesia gótica, eliminar un revoco que tapa una fábrica supuestamente pensada para estar vista, y otras acciones de carácter semejante, devolviendo así al monumento la presunta pureza que se considera propia de su nacimiento.

Y cierto es que tantas veces fue así la restauración en un tiempo ya bastante lejano, y que los que así piensan aprendieron esto en buena medida de los expertos. Expertos hubo en España, no hace todavía mucho, a quienes casi se les vino abajo una catedral gótica por querer purificarla de un añadido renacentista que no era otra cosa que un refuerzo estructural. Pues resulta bastante común que la supuesta pureza no hubiera existido nunca, en realidad, como es lo más corriente, fuera irrecuperable si es que acaso hubiera existido, o fuera inconveniente y hasta peligroso recuperarla si es que se pudiese hacerlo, en realidad.

Pues ya no tenemos una concepción tan aparentemente sencilla de la restauración. Cuando un monumento ha tenido modificaciones importantes a lo largo de su dilatada existencia, es muy posible que resulte peligroso, indebido o inconveniente eliminarlas. Porque estas modificaciones representan la historia misma, de un lado, motivo por el cual está prohibida por la Ley española (y andaluza) la eliminación de los añadidos en un tiempo distinto del primitivo, a no ser que estos sean claramente indignos y degraden el monumento. Pero también puede ocurrir que lo añadido sea incluso una pieza artística de carácter superior, debido ello a haber sido capaz de insertarse con fortuna en un estilo diferente. Y puede también ocurrir otra cosa más corriente e importante: que derribemos un añadido y nos encontremos, sin más, con el problema que esta antigua intervención había conseguido eliminar en su momento.

Tal parece ser el caso de las Atarazanas. Fue destruida una parte por la Hacienda de la dictadura (hay veces que el pasado se presenta como enormemente coherente), fue modificada otra por la transformación en la Maestranza de Artillería. Pero ya mucho antes, en el siglo XVI -el siglo del Renacimiento- se había rellenado el suelo para llevarlo al nivel en que hoy se encuentra, y fue ésta precisamente la transformación más antigua, ya consolidada por los siglos transcurridos. Aquéllos que hoy protestan de la moderada y sencilla rehabilitación proyectada por el arquitecto Vázquez Consuegra deberían ser consecuentes y pedir que se destruya Hacienda y se reconstruya la parte de las Atarazanas que se derribó, pero veo que no lo hacen. Son poco radicales. En cambio, piden la eliminación de las transformaciones debidas a la Maestranza, oponiéndose así frontalmente a la Ley.

Y piden también que se retire el histórico relleno, la transformación más antigua. Es decir, piden que nos encontremos de nuevo con lo que éste resolvió: con los graves problemas de estabilidad de las fábricas, resueltos con lo que el relleno le concede al disminuir drásticamente su esbeltez, y con la falta de relación entre el suelo más antiguo y la calle. Es éste último un grave inconveniente para cualquier tipo de rehabilitación, aunque ya imagino que los opuestos a la que quiere hacerse se opondrían a cualquier otra rehabilitación que se propusiera. La conservación del relleno no sólo es cuestión clave para la estabilidad de las fábricas antiguas -como lo es igualmente el micropilotaje propuesto por Vázquez Consuegra, necesario por el estado muy deteriorado y muy fisurado de las bóvedas, y que es completamente reversible, como ya ha demostrado-, sino que puede lograrse con él, y sólo con él, la hermosa y funcional conexión entre el futuro interior de las Atarazanas y la calle lateral, expresivamente mostrada por unos felicísimos dibujos del arquitecto. Ante estos dibujos, mostrando lo que sería un nuevo y maravilloso espacio público en continuidad con la calle, las protestas quedan simplemente convertidas en actos vacíos, sin contenido, opuestos al sentido común y al beneficio colectivo.

Pues el proyecto de Vázquez Consuegra es, a mi entender, atractivo y acertado, así como moderado y sencillo, de actuación mínima. Me parece imposible ser más respetuoso y más adaptado al servicio de lo pedido, con una extrema economía de medios. Creo, en resumen, que con este proyecto Sevilla está simplemente de enhorabuena.

Se le acusa también a este proyecto de ilegalidad. ¿Qué quiere decir ilegalidad, en el caso de la restauración y la rehabilitación? Tan sólo oponerse a la Ley del Patrimonio Histórico Español y a la del Andaluz, consecuencia ésta de aquélla, y muy semejantes. Y que tienen un solo artículo de contenido doctrinal, muy genérico y que no es de aplicación en este caso. La Ley no considera intocables los monumentos, por cierto -según define precisamente dicho artículo- y habla, por el contrario, de su posible rehabilitación. ¿Quién define qué puede hacerse? La autoridad de monumentos nombrada al efecto y cuya existencia la ley exige. Pero se da de hecho el caso de que esta autoridad de la Comunidad de Andalucía ha autorizado ya la rehabilitación que nos ocupa, que tiene concedida además, y por si fuera poco, la licencia municipal. Es decir, que cuenta con el premiso legal superior y de contenidos, propio de las actuaciones en monumentos, y, además, con el permiso administrativo. Hablar de ilegalidad es, pues, un espejismo. O bien una posición de antisistema.

Si la rehabilitación no se realizara, o los que protestan, en nombre de sus deseos y sentimientos puramente personales, consiguen desenfocarla y desvirtuarla, Sevilla les deberá la continuidad del actual, miserable y ya tradicional abandono y deterioro de las Atarazanas, que continuará sine díe. No otra cosa será su fruto. De ella, y si esto ocurre, sería lógico que respondieran adecuadamente.

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