la tribuna económica

Gumersindo / Ruiz /

Los próximos diez años

EL 11 de septiembre de 2001 volvía de un viaje, y en el aeropuerto de Londres ya advertimos por las medidas de seguridad que algo excepcionalmente grave había ocurrido. A medida que iba llegando la información, confirmaba que nos encontrábamos ante un hecho que podía condicionar la sociedad y la economía del futuro. Visto con la perspectiva de diez años, hay un conjunto de ideas que resultan especialmente relevantes. La primera es que Al-Qaeda ha conseguido meter a Occidente en conflictos alrededor del mundo, de los que son exponentes principales Afganistán e Iraq, este último un claro y gravísimo error que costó a Estados Unidos unos cuatro millones de millones de dólares, equivalente a la suma del déficit público entre 2005 y 2010.

En segundo lugar, el contraterrorismo y la seguridad ocasionan en el mundo un gasto del que se benefician, sin duda, empresas especializadas y fondos que invierten en las mismas, pero que supone una carga sobre la economía productiva que no se suele tener en cuenta. Un tercer aspecto es que no ha habido, como se temía por algunos, un choque de civilizaciones, pero sí una actitud de recelo general que ha deteriorado aún más las relaciones internacionales. Y lo peor es que no se ha llegado a nada, la guerra de Iraq ha supuesto un gran sufrimiento, su justificación es cínica, y sus resultados frustrantes. Una cuarta cuestión a considerar es que la pérdida de fuerza del radicalismo islamista se debe principalmente a su anacronismo: no ofrece respuestas a las preocupaciones actuales de la gente, es una filosofía apartada de la realidad de millones de personas que buscan libertad y unas mejores condiciones de vida. Los movimientos del Norte de África es un quinto aspecto de interés, que refuerza el anterior, pues no es una consecuencia del radicalismo, ni tampoco resultado de la política de Occidente, sino de la necesidad de mejora que hemos mencionado. Libia es una excepción, por la ayuda militar efectiva que desde fuera se ha prestado a la población.

En economía, aparecen reforzadas Brasil, Rusia, la India y China, que se han centrado en el crecimiento y el empleo; tienen problemas de inflación, pero siguen creciendo y ocupando un papel cada vez más decisivo en los asuntos mundiales. Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 permitieron, por la enorme liquidez y el gasto público que se comprometió, continuar la expansión económica de los años noventa, potenciada con endeudamiento privado. A partir de 2007 colapsa el sistema financiero, y nos lleva a una larga etapa de volatilidad e incertidumbre, donde lo único que parece claro es que el crecimiento y el empleo en los países más ricos de cierto peso serán más limitados en el futuro. En los próximos diez años todos estos fenómenos irán, poco a poco, consolidándose; no se va a producir una catástrofe en la economía, ni cambios sorprendentes y radicales, pero sí un proceso de ajuste en la deuda, una redistribución -que no siempre será justa- en el comercio internacional y una toma de conciencia paulatina, dentro de las economías ricas y de las emergentes, sobre la necesidad, no sólo de producir, sino de repartir mejor lo que se produce.

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