la tribuna económica

Joaquín / Aurioles

Las reformas estructurales

EL Gobierno se reafirma en su convicción de que el camino hacia la prosperidad pasa por su agenda de reformas. Es lo que demandaban muchos de los irritados con la impasibilidad del anterior presidente ante las sacudidas de una crisis que se obstinaba en negar o minimizar. Iniciativas decididas a cambiar el funcionamiento de los bancos, de las administraciones, de los partidos políticos, del mercado de trabajo, de la energía, de la educación, la justicia o la sanidad, pero que, tengo la impresión, hoy se reciben con desconfianza e incluso cierto temor. Supongo que la desconfianza se debe, al menos en parte, a que las reformas que se han puesto en marcha han discurrido por caminos diferentes a los anunciados durante la campaña electoral, aunque probablemente también a las falacias argumentales utilizadas para explicarlas.

El desgaste en la confianza al Gobierno por las subidas de impuestos podría no ser tanto consecuencia de la ruptura de un compromiso electoral como de la pretensión de justificarlas por su contribución al crecimiento y al empleo (abril de 2012). También está la percepción de que algunos de los grandes problemas que estaban planteados no sólo no han entrado en vías de solución, sino más bien lo contrario.

No creo que la justicia, la educación o la sanidad estén avanzando en su proceso reformador en la dirección esperada por el ciudadano y estoy seguro de que tampoco estará satisfecho con tener que pagar la energía más cara de Europa. Pero quizás lo más importante de todo sea que tampoco se está acertando con las grandes reformas. Falló la reforma financiera, seguramente por el fiasco de Bankia, hasta el punto de que la reforma final ha sido diseñada en Europa y se va a ejecutar con sus recursos y condiciones. La otra gran reforma fallida es la institucional, incluyendo en ella no sólo a las administraciones públicas, sino también al conjunto de los órganos de representación y grupos de interés.

Tan sólo la reforma laboral parece responder a las expectativas. La favorable acogida inicial entre empresarios y la mayoría de los gobiernos europeos contrasta, como cabía esperar, con el fuerte rechazo de sindicatos y partidos de izquierda y, aunque es posible que todavía no haya transcurrido el tiempo suficiente como para que se perciban sus efectos, comienzan a aparecer nuevos motivos de preocupación. Entre ellos el perfil de la curva de salarios. Tras una caída en los costes laborales unitarios del 2% en 2010 y del 1,4% en 2011, es probable que 2012 se cierre con una caída superior al 3%, con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo de los que todavía mantienen su empleo.

El problema de la caída de la masa salarial es que puede convertirse en un factor de riesgo depresivo adicional al ya advertido por FMI y OCDE, si Europa insiste en la dureza de los ajustes fiscales y financieros que exige a sus miembros más vulnerables ante la crisis. Puede que sea un buen momento para rescatar La parábola del depósito de agua, una especie de fábula sobre las consecuencias de una presión excesiva y sostenida sobre los salarios, escrita por E. Bellamy en 1897.

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