cuchillo sin filo

Francisco Correal

Los reyes de la transición

CUANDO salieron de Oriente, todavía estaba Zapatero en La Moncloa, y al cruzar la frontera de los sueños, que carecen de fronteras, se encontraron un Gobierno gobernado por Mariano Rajoy. Sus Majestades han propiciado la mejor de las transiciones. No recuerdo que haya ocurrido antes en la democracia española. Los niños se fueron de vacaciones con Zapatero presidente y regresarán el día 9, festividad de San Eulogio, con el relevo de Rajoy. Cosas de hombres mayores, al fin y al cabo, que competen más a sus padres y por supuesto a sus profesores, aunque las competencias de Educación estén transferidas. En muchos casos, delegadas y subdelegadas por tanta degradación de contenidos y continentes.

El último gol de la Liga española, antes del parón invernal -en eso, sólo en eso, nos hemos vuelto alemanes sin hielo- se marcó con el Gobierno socialista. El primer gol de la Copa del Rey lo marcó Borja, del Alcorcón, ya en calendas de la nueva legislatura. El protagonismo de los niños relativiza la importancia que los mayores le damos a algunas tonterías. Y el trasiego de los Reyes le pone una dulce sordina a lo que parece un cambio de Gobierno, pero es en realidad un cambio de ciclo, de sociedad. Los Reyes de Oriente han recuperado la patente de la alianza de las civilizaciones, ese floripondio de palabras dignas de Groucho y merecedoras de Harpo.

En mi carta a los Reyes Magos quiero que conste mi gratitud con los monarcas porque han venido a dar y regalar en tiempos de recortes, de sisas por decreto. Han llegado para que volvamos a creer -antesala del crear- en el tiempo de los incrédulos y autosuficientes. Habrán estado desbordados por las súplicas de niños sin hogar, de padres alejados de sus hijos, de madres como la de Ruth y José que ven cada noche eclipsarse la estrella que debería guiarla al paradero de esos niños perdidos en el corazón de un bosque sin corazón.

Dormían todos en casa de mi hermano Juan y cogí de su estantería una espléndida edición de Cien años de soledad con prólogo de Álvaro Mutis y estudio de Mario Vargas Llosa. De Nobel a Nobel. Todos los hermanos recordamos en la cena de Nochevieja al padre que guió nuestros primeros pasos en la vida. Yo leí el comienzo de la obra maestra de García Márquez: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Una de las comensales había trabajado esa tarde en la pista de hielo de Benalmádena que sólo utilizó un niño finlandés. Un hermoso tránsito de Papá Noel, ese intruso anglosajón, a este triunvirato que llegó de Oriente a las nuevas Sodoma y Gomorra.

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