EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

En silencio y muy deprisa

CUANDO oigo hablar del virus de la gripe A, me acuerdo de un poema que el poeta inglés W.H. Auden escribió poco después de la II Guerra Mundial. El poema, que se llama La caída de Roma, era un sombrío retrato de nuestra civilización que se inspiraba en los últimos días del Imperio Romano. En el poema de Auden, los agentes del fisco ya no se molestaban en perseguir a los defraudadores y los soldados se amotinaban por no haber recibido su paga. Y mientras tanto, vastos rebaños de renos avanzaban sobre el musgo dorado, moviéndose "en silencio y muy deprisa". Auden no decía nada más, pero uno no podía leer estas palabras sin sentir un escalofrío. En inglés, el efecto es aún más contundente: "Silently and very fast". Las leemos y al instante oímos el impacto sordo de miles de pezuñas que retumban cada vez más cerca de nosotros.

El poema de Auden fue escrito en 1947, pero como sucede con todas las obras maestras, pudo haber sido escrito hace media hora o hace doscientos años. Auden no explica cuál es la amenaza que se encarna en esos vastos rebaños de renos. ¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? Auden, por supuesto, no lo dice, porque esos rebaños de renos sólo son el símbolo de una amenaza inconcreta que se está incubando en algún sitio.

En realidad, esos rebaños representaban todo lo desconocido que podía inspirarle temor a un ciudadano occidental. Podían ser los pueblos subdesarrollados que se estaban preparando para cobrarse su venganza contra sus antiguos colonizadores. Podían ser las ideas totalitarias de Stalin. Podían ser las bombas atómicas en manos de un demente, es decir, de un hombre que se creía todopoderoso. O incluso podían representar la morbosa inclinación de Occidente a no creer en nada, como había ocurrido en los últimos tiempos del Imperio Romano.

Pero ahora sabemos que aquellos rebaños de renos podían ser otras cosas que Auden no conoció. Son los inmigrantes desesperados que cruzan continentes enteros para saltar una valla o vadear un río o cruzar un desierto, sólo por el sueño obsesivo de encontrar un puesto de barrendero en Texas o en París o en Ceuta. Son esos mismos inmigrantes enloquecidos por el resentimiento, cuando se hacen explotar en una estación de metro. Y hay otra posibilidad más inquietante aún. En la penúltima estrofa, Auden habla de unas aves que empollan sus huevos mientras observan "las ciudades infectadas por la gripe". Auden estaba pensando en la terrible gripe "española" de 1918 que conoció de niño. Pero nosotros, en esta sociedad que cada vez se parece más al final del Imperio Romano, podemos pensar en otra clase de gripe. Y estremecernos al imaginar a esos renos que no son renos, y que pronto tendremos aquí.

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