la otra tele

Simón Cano Le Tiec /

El supervillano

ME invita Hyde a este faldón y quería comentarles sobre el enamoramiento de uno de esos villanos que necesitan sobrevivir para orquestar la anarquía entre sus enemigos: Moriarty. Jim para los amigos, o bien Andrew Scott para los que le idolatran, y se ha convertido en uno de los personajes más carismáticos de la televisión británica. Hace casi una semana, mientras la mayoría de periodistas, cinéfilos y críticos de todo el globo tenían puestos sus ojos en Cannes y en cómo Haneke sujetaba su segunda Palma de Oro, se entregaban los Bafta a lo mejor de la temporada televisiva inglesa, y si se trata de hablar de excelencia interpretativa, el nombre de Scott no podía faltar en el palmarés. Si tenía que caer algún premio tras el de Martin Freeman como mejor actor secundario hace ya un año, era ése. Scott, entregado en su totalidad a un papel que debería pasar a estar en los libros de interpretación, se ha asegurado de perfilar el caos, el control y la manipulación en un personaje idílico, casi lírico para tratarse de una moderna adaptación de los relatos de Arthur Conan Doyle. A él tampoco le iban mucho los escándalos internacionales. Irene Adler bien pudo ser la única que consiguió darle una buena tunda a Sherlock Holmes, pero tampoco tambaleó el frágil equilibrio.

Moriarty, sin embargo, no solo lo hizo, sino que también consiguió que el pequeño mundillo que Holmes había formulado hasta la fecha, se derrumbara en el acto. De hecho, casi nada en Sherlock transcurre realmente como Doyle escribía, y aunque Moriarty siempre haya actuado desde las sombras, Scott vive para lucirse ante una cámara hechizada por su temida sonrisa, su tragicómico histrionismo y sus one-liners tan perfeccionados como por parte de los guionistas (Mark Gatiss y Steven Moffat) como por su asombrosa expresividad. Por suerte, vive rodeado de talento, o lo que es lo mismo, de Freeman y de Benedict Cumberbatch, cuyo Bafta seguramente le caerá por la última temporada de la serie.

El Londres de Moffat, de Gatiss y de Scott, no es como el pozo de aristócratas del Londres de Woody Allen, pero bien podría parecerse en algo. La violencia se encuentra sometida una presión tal, que el caos impera en las calles, Moriarty se vuelve loco, revienta los códigos de seguridad de los edificios más emblemáticos y sigue sonriendo a las cámaras que le graban como uno de esos pocos supervillanos que enamoran por lo bien que les van las cosas. Scott se encaja en un rol complejo, y al final es Moriarty el que acaba vistiéndose como el actor irlandés. Ser tan frenético es lo que le hace tan trascedental. Cumple la mayoría de las exigencias que debería tener un personaje como para tener su propia serie. Sería un Dexter Morgan, un Jack Bauer o un Don Draper que no quiere resaltar porque lleva consigo ese estatus de protagonista. Hacerle sombra a Cumberbatch no es tarea fácil, y como antagonista, muchísimo menos. Se trata de uno de esos ejercicios de estilo que se convertiran en ídolos de culto con el paso de los años. En cuanto al trabajo de Scott, todo aspirante a actor debería verle decir: "Tú estás en el bando de los ángeles".

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