Opinión

Roberto Pareja

Una terrible sospecha

EL valor de la palabra escrita no tiene precio como activo tóxico. En España se publican cada año 70.000 títulos, lo que revela el descenso a los infiernos del listón de exigencias para asaltar el inerme reino de la letra impresa y encuadernada. No hay sentido del pudor que resista las embestidas que sufre el idioma, víctima cotidiana de unas tropelías que hacen alegremente ascos hasta de la ortografía. Incluso De Juana ha hecho su pequeña contribución a las estanterías menos exigentes (familia, conmilitones) con Días, un libro que, por cierto, le valió 175 días de redención de condena por rendimiento intelectual, como rubricó en 2002 el ministro del Interior, Mariano Rajoy.

El asesino en serie se ha ido pegando como una lapa a la actualidad informativa a raíz de sus sonadas (The Times mediante) huelgas de hambre para reclamar su excarcelación tras considerar que ya había pagado con creces por sus 25 asesinatos tras su detención, en 1987. Consumado travesti (pasar de victimario a víctima se le da igual de bien que matar), salió de prisión el pasado 2 de agosto. En ayunas, cómo no, indignado en esa ocasión con la "inaceptable campaña mediática de intoxicación y presión" sobre su familia y él mismo a cuenta de la investigación de la Fiscalía sobre la propiedad de un piso en San Sebastián que podría servir para resarcir al reguero de víctimas del dudoso insolvente.

Desde ayer, De Juana es un prófugo. Como Josu Ternera, que hace seis años cambió la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento vasco por la cúpula de ETA. ¿Volverá también esta cabra a ese monte? Quién sabe. Este pinchaúvas igual no tiene bastante.

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