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Rafael / Padilla

La tragedia griega

Amí, como a mi amigo Pepe Aguilar, me cuesta entender la permanente sonrisa de Varufakis. Aún más, me inquieta. Como si poseyera la clave de un secreto que los demás desconocemos, se mueve con pasmosa serenidad en medio de un infierno, el griego, que teóricamente no tiene salida. Tras el órdago del referéndum, las hipótesis se reducen: o el pueblo heleno decide aceptar los sacrificios exigidos por la troika o, de perdidos al río, dice que nones y se lanza heroicamente al abismo. En ambos casos, a priori, hay pocas razones para sonreír.

En el primer escenario (gana el sí), a Tsipras y a Varufakis nos le queda más que regresar a Bruselas, esconderse tras la bandera de la voluntad popular y escenificar el acuerdo. Intuyo que con graves riesgos: la posición política de Tsipras y de su partido se tambalearía, se inauguraría un periodo de incertidumbre interna de muy difícil solución y, al cabo, a medio y largo plazo, en el exterior nadie se fiaría de un gobierno que hizo campaña por el no. Nada, como supondrán, que justifique el sempiterno optimismo de Varufakis.

En el segundo escenario (gana el no), las incógnitas que inmediatamente se abren son todavía más sombrías: Grecia, ya quebrada, le da un portazo a Europa; se cierran todas las líneas de crédito; el corralito se perpetúa; a corto plazo, ni sueldos ni pensiones pueden pagarse; la sociedad griega, fracturada, se zambulle en una dinámica en la que nada resulta ya descartable. Hay quien objeta que, en ese supuesto, Europa recapacitaría y acataría los actuales postulados griegos. Yo no lo creo, la propia idea de Europa se juega demasiado en el envite y la amenaza de contagio empuja más a la amputación que al consenso. De nuevo una encrucijada que propicia poco el estilizado sosiego del ministro.

Queda, claro, una última variante: a Tsipras y a sus acólitos les importan más sus utopías que las penurias de su pueblo. En realidad, la crisis siempre fue apreciada por la ultraizquierda como una ventana de oportunidad. Dentro de Europa y con un cierto bienestar, el éxito de sus planteamientos, otrora tenidos por periclitados, no tendría posibilidad ninguna. Fuera, sin embargo, nada parece inalcanzable. Sólo en esta lógica pudiera comprenderse el contento de Varufakis. A la postre, para reconstruir un edificio lo urgente es derribarlo, reducirlo a escombros. Y a fe mía -para ellos los costes son lo de menos- que están en el mejor de los caminos.

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