la ciudad y los días

Carlos Colón

La última ofrenda

ESTÁS donde estaremos, viviendo lo que viviremos, viendo lo que veremos, gozando lo que gozaremos, otra vez unido a los que lloraste, esperando a los que te lloraron, mirando con simpática compasión los miedos que nos agobian y las penas que nos abruman, queriendo decirles a los más tuyos que Dios prepara para quienes le aman lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre imaginó. Y diciéndoselo en la lengua que ellos mejor pueden entender, en la que os enseñaron vuestros padres a hablarle a Dios y en la que Dios le habla a las gentes del Museo: a través del rostro de la Virgen de las Aguas. Esa de la que la muerte no pudo separarte -muy al contrario: te unió más y para siempre a Ella- y a la que ni tan siquiera pudo impedirte seguir haciéndole ofrendas. Porque para los creyentes, ya sea en esta o en la otra vida, el amor es más fuerte que la muerte.

Pasó contigo como con aquel hermano, no diré de que Hermandad, que dejó en su testamento unos dineros que cada año debían dedicarse a las flores y la cera del paso de su Virgen. Para que Ella no pensara que, al verla en persona en el Cielo, había olvidado la que para él fue su más perfecta imagen en la Tierra. Para que Ella supiera que ni la Gloria Eterna le hacía olvidar el espejo en el que vio su reflejo en este mundo. Sabía este cofrade a dónde iba y lo que dejaba atrás.

Sabía que vería una luz más radiante y una belleza más perfecta que las de la imagen que había alumbrado y confortado todos los días de su vida, desde que sus padres le llevaron en brazos ante Ella, a los pocos días de nacer, hasta la última mirada-oración que dirigió a su fotografía que siempre le acompañó. Y le daba pena que pudiera olvidarse de la imagen al ver el original que la inspiró. Por eso, como también tú hiciste aun con mayor generosidad, este cofrade le dejó en la Tierra una ofrenda hecha desde el Cielo.

¿Superstición? ¿Idolatría? ¿Sentimentalismo? No: amor agradecido venciendo a la muerte. Como un peregrino guarda con cariño, una vez que ha llegado a su meta, el bastón que le sirvió para caminar y alcanzar su destino, así deben recordar las almas bienaventuradas las sagradas imágenes en las que se apoyaron para andar por esta vida sin desfallecer ni perder el rumbo. Así debe ver hoy Ramón a su Virgen de las Aguas, en este primer Lunes Santo en que no estará ante el paso del que sólo Dios, no la muerte, pudo arrancarlo. No para separarlo de su Virgen, sino para hacerlo del todo y ya para siempre de Ella; allí donde, como canta la Salve popular, tan sólo se la ama mejor de lo que en esta vida el la amó.

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