La ciudad y los días

Carlos Colón

El universo de las clausuras

LA vida moderna ha acabado envolviendo a los conventos y monasterios en un halo fascinante y casi enigmático. ¿Qué ocurre tras sus muros? ¿Cómo es la jornada de quienes viven dentro de ellos, en un tiempo congelado por el recogimiento y la liturgia? La ciudad oculta. El universo de las clausuras de Sevilla -escribía el compañero Francisco Camero en su estupendo artículo sobre esta exposición- aspira a reflejar la esencia del día a día en estos lugares y el riquísimo patrimonio monumental y artístico que albergan".

Esa ciudad resguardada tras los muros que fueron desvelando Santiago Montoto en Esquinas y conventos de Sevilla y Enrique Valdivieso, Alfredo Morales y los Arenas en Sevilla oculta, nos sigue siendo desocultada ahora en la exposición organizada por la Fundación Cajasol que les aguarda en el Centro Cultural Cajasol, el viejo teatro quinteriano por el que aún deben andar -un poco agobiados por tanta exposición y tanta música de cámara donde hubo tan sicalípticos espectáculos de revista- los nada conventuales fantasmas de Luis Cuenca, Addy Ventura, Tania Doris y otras alegres chicas de Colsada cuyos retratos firmados decoraban el bar del entresuelo del antiguo y querido Álvarez Quintero.

Comisariada por Teodoro Falcón y montada por Juan Fernández Lacomba, La ciudad oculta. El universo de las clausuras de Sevilla presenta obras pictóricas, escultóricas y suntuarias, además de documentos tan valiosos como un original con firma autógrafa de Las moradas de Santa Teresa de Jesús, de quien se expone el único cuadro para el que posó; el que pintó fray Juan de la Miseria tras mucho insistir las hermanas, no obteniendo de el pobre pintor con nombre de ministro de Hacienda de la santa más que este famoso comentario: "Dios te lo perdone, fray Juan, que ya que me pintaste, me has pintado fea y legañosa".

Pero faltaba esa la "esencia del día a día" que no puede trasladarse a una sala de exposiciones: las arquitecturas y la vida de los conventos. Una misma cosa, puede decirse, porque lo propio de ellos es que las vidas impregnen las arquitecturas y éstas moldeen las vidas en una correspondencia de serenidad, recogimiento y belleza en la que el mundo sensible parece transparentar el eterno. Es en esta tarea de llevar a la exposición la arquitectura vivida de las clausuras donde interviene Emilio Sáenz con una extraordinaria serie de fotografías que, a través de naturalezas muertas y de retratos, llevan a la exposición lo que sólo un maestro de la luz puede revelar: la verdad del instante, la eternidad de lo fugitivo, la trascendencia del detalle.

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