Hablemos de educación

Javier Ros Pardo / Javierrospardo@hotmail.com

Sobre la utilidad didáctica del 'Mortadelo'

POCAS de estas publicaciones suelen ser inocuas: los divertidos Asterix y Obelix se crearon para montar entre los franceses el falso mito de una heroica resistencia nacional contra el invasor nazi que nunca existió, como un bálsamo para borrar de la memoria su vergonzante colaboracionismo. Una cuestión intocable de la historia francesa que ni los más izquierdistas osan revisar. En ese sentido Goscinny y Uderzo lograron su propósito.

Hoy es muy difícil imaginarlo, pero lamentablemente fue así: España a finales de los 50 estaba en manos de unos integristas que la tenían hundida en un pozo de amargura. Nos querían convencer de que la vida es una mala noche en una triste posada. Nos educaban en el remordimiento, horrorizados con la amenaza del fuego eterno del infierno. Nuestro mayor pecado era haber nacido… En medio de tan inimaginable panorama mental, Ibáñez parió Mortadelo y Filemón. A diferencia de los franceses, sólo pretendía poner algo de chiste, alegría y colorido en nuestras vidas, regalarnos la oportunidad de reírnos a carcajada limpia. Y pese a lo que han cambiado los tiempos, lo sigue haciendo. Eso no tiene precio.

Ahora que se habla mucho de las dificultades de los niños para la "adquisición de competencia lectoescritora", urge recordar que con las desternillantes historietas de los inspectores de la TIA, la Familia Trapisonda, Rompetechos, El Botones Sacarino y otros aprendimos a bien escribir el español coloquial, el uso de la interjección, las interrogativas, las exclamaciones…

Si un hispanista extranjero se sumerge en la lectura de una antología de la 13 rue del Percebe, tendrá una visión más completa de la España que vive hacinada en bloques de pisos que si lee la triste Historia de una escalera de Buero Vallejo.

Los Mortadelos pueden además ser muy útiles para introducir a los niños en la realidad del esperpento patrio que rige y gobierna nuestras vidas. Así, para explicar en una clase de Historia Contemporánea cómo una generación de españolitos fue amarrada y amordazada de por vida para pagar la hipoteca que la oligarquía económica le ofreció a peseta, nada mejor que echar mano de El caso del bacalao, uno de los mejores clásicos del dibujante barcelonés (cuya mamá era de Jaén). Es una joya bibliográfica y un antidepresivo eficaz, una deleitosa hipérbole sobre el valor añadido, una esclarecedora parábola que oculta entre líneas un mensaje muy sutil. Su argumento: Il capo mafioso Lucrecio Borgio regala a los ciudadanos toneladas de bacalao provocando una oleada de sed angustiosa. Luego revienta las conducciones de agua y empieza a vender el preciado líquido a un precio estratosférico: "¡Acqua fresquita e clara, a cien dólares el litro! ¿Quién quiere más?..." Y nuestros caballeros andantes acuden dispuestos a ayudar a los más débiles neutralizando al malhechor, utilizando siempre la vía más disparatada y surrealista.

Como refuerzo y complemento bibliográfico sobre el tema, es imprescindible leerse El señor de los ladrillos.

En consecuencia, los españoles tenemos con su autor -que a sus años sigue creando con la ilusión y la alegría de un mocito- una colectiva deuda de gratitud por su aportación a nuestro acervo cultural al que pule, limpia fija y da esplendor. Mortadelo y Filemón son un imprescindible icono patrio del siglo XX, como lo son el toro de Osborne, el Paquito Chocolatero y los mejores sortilegios del flamenco.

¡Gracias por existir! ¡Larga vida al maestro del tebeo español! ¡Loor y gloria para el señor Ibáñez!

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