Joaquín Aurioles

Las tres velocidades de Lagarde

Europa y Japón están aplicando soluciones radicalmente distintas para solucionar sus problemas a corto plazo. La cuestión es si serán suficientes para estimular el consumo

VINO a decir que los países emergentes "lo están haciendo bien", que los Estados Unidos están "en vías de recuperación" y que la Eurozona y Japón "tienen todavía un camino que recorrer". Un resumen breve y contundente de la situación actual de la economía mundial por parte de la directora del FMI: suenan diferentes músicas y Europa y Japón están bailando al ritmo de la más lenta. Sin embargo, y tras la invitación al optimismo moderado por parte de José Viñals, director de Asuntos Monetarios del Fondo, el mensaje sigue siendo de alerta ante la persistencia de las amenazas de inestabilidad financiera, con el foco dividido entre las dos orillas del Atlántico norte, y el riesgo de que la crisis se prolongue e incluso se agrave en Europa y Japón. Se percibe el interés por desvelar la incógnita de las nuevas claves del crecimiento a largo plazo, asumiendo como probable el declive del modelo chino-coreano de exportaciones ante la necesidad de introducir ajustes estructurales, sobre todo en el caso de China. Otros países, especialmente Europa y Japón, todavía tienen que encontrar la solución a sus problemas a corto plazo, aunque sus respectivos gobernantes difieren significativamente acerca de la mejor forma de conseguirlo y sobre las consecuencias a largo plazo de los incentivos monetarios y fiscales. Para los europeos la prioridad, no compartida por el FMI, sigue siendo el saneamiento financiero de bancos y administraciones públicas, mientras que para las autoridades japonesas el objetivo prioritario es acabar con la deflación y sus consecuencias.

Aunque en apariencia ambos están aplicando recetas monetarias similares, es decir, inyección masiva de dinero, las estrategias son radicalmente diferentes. En Europa se continúa tratando la situación como una crisis de liquidez, aunque los verdaderos problemas de fondo son bastante más complejos. El programa de compra de deuda pública por parte del BCE ha supuesto un alivio importante para los problemas financieros a corto plazo de los gobiernos intervenidos, pero el endeudamiento del sector público seguirá creciendo durante algunos años a un ritmo superior al de la economía y el crédito al sector privado sigue siendo insuficiente y caro en los países de la periferia. Quebrar esta dinámica resulta extraordinariamente complejo porque se necesita comenzar a acumular superávit por cuenta corriente superiores al coste de la deuda externa o retornar cuanto antes a tasas de crecimiento elevadas.

El problema es que para ambas cosas es necesario recuperar competitividad y para ello sólo existen tres vías: el abandono de un euro sobrevalorado y el retorno a monedas nacionales con valoraciones más ajustadas a la situación real de las respectivas economías; un descenso todavía más acusado de los salarios; o un cambio de enfoque en la política económica alemana con el fin de permitir corregir el extraordinario superávit comercial acumular durante los últimos años.

En Japón el planteamiento es muy diferente, a pesar de que el presidente de su banco central también haya anunciado, como su colega europeo, su compromiso de facilitar tanta liquidez como sea necesaria. La gran diferencia es que los japoneses han puesto en marcha una estrategia coordinada y extraordinariamente agresiva de política fiscal y monetaria. El Banco de Japón se plantea duplicar la base monetaria, es decir, las reservas bancarias, en tan sólo dos años, para lo cual está dispuesto a entregar dinero a cambio de deuda púbica sin ningún tipo de limitación y con el único objetivo de llevar la inflación al entorno del 2%. Japón tiene un problema de deflación muy difícil de corregir. Cuando las perspectivas son que los precios continúen bajando, las decisiones de gasto se aplazan y el consumo se paraliza, ocasionando la temida "espiral deflacionista". En estas condiciones resulta muy difícil la recuperación de la economía y casi no existen alternativas a los estímulos monetarios y fiscales. Esta es la razón por la que el Gobierno japonés ha decidido sumarse a la iniciativa de su banco central con nuevas emisiones de deuda pública, hasta llevar la ratio al 244% del PIB, el más alto, con diferencia, del mundo desarrollado, y a mantener el déficit público en el entorno del 10%. Los japoneses esperan animar el consumo, la depreciación del yen, con la consiguiente mejora de competitividad, y un impulso al stock de capital público del que se espera una positiva repercusión sobre la productividad y que, como consecuencia de todo ello, se consiga un impulso definitivo a la recuperación de su economía. Como se puede apreciar, una doctrina muy diferente a la europea, aunque también es cierto que las realidades son muy distintas y que tampoco han faltado las voces críticas contra lo que consideran un intervencionismo excesivo. Entre estos últimos figuran los que dudan de la capacidad real de estas medidas para estimular el consumo, sin considerar las consecuencias de los reducidos niveles de ahorro en el país, pero sobre los que se preguntan que, si todas estas medidas tienen éxito ¿cómo se podrán desactivar en el futuro sin provocar una nueva crisis financiera de incalculables dimensiones?

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