EN un portal de internet donde se compra y se vende de todo algunos desaprensivos han puesto en venta su voto del 9 de marzo (supongo que sus dos votos, en el caso de los electores andaluces) y esperan que los distintos candidatos pujen por él. Es un voto inequívoco y nada ideológico: lo tendrá el que ofrezca más euros. Los vendedores garantizan pruebas gráficas de que votarán en el sentido convenido, probablemente fotografiando o grabando la papeleta antes de meterla en la urna.

Hay que rezar todo lo que se sepa para que esta práctica de subastar el voto al mejor postor no pase de la cabeza caliente de unos cuantos ciudadanos pintorescos, descreídos o epatantes y se convierta en una plaga masiva que tiente a cientos de miles de pícaros desahogados y cabreados. Su efecto sería demoledor: una auténtica impugnación del sistema democrático y de sus valores. El sufragio universal, que tanto ha costado implantar en el mundo civilizado, se vería reducido a objeto de intercambio mercantil. Tanto compras, tantos votos tienes.

Ni siquiera cabe el intento de "comprensión" hacia los vendedores de votos consistente en trazar paralelismos entre su actitud subastera y la propia puja en que se han embarcado los partidos políticos en precampaña (más bien requetecampaña), ofreciendo no ya promesas vaporosas y sin plazo, sino regalos contantes y sonantes para los castigados bolsillos ciudadanos. La almoneda es, ciertamente, de ida y vuelta, del elector que subasta su voto al elegible que lo demanda, y viceversa.

En fin, alguien debe preservar la dignidad, aunque sólo sea por no dejarle arrebatar caprichosamente al derecho de voto su cualidad de derecho democrático fundamental por el que muchas personas sufrieron persecución y marginación en el pasado. O por la memoria de aquellos jornaleros hambrientos que replicaban así al cacique que trataba de comprarles el voto: "En mi hambre mando yo". O por la decencia elemental, en fin, de defender que por imperfecta que sea nuestra democracia y por impresentables que se pongan a veces sus agentes institucionales hay cosas que no se pueden comprar con el dinero. Pocas, ciertamente, pero las suficientes para que no tengamos que avergonzarnos del mundo que dejaremos a nuestros hijos. Una de ellas, el derecho a votar libremente. Sin dinero de por medio.

En fin, como forma de cachondearse de la clase política o de satirizar el frenesí electoralista de los partidos tampoco parece conveniente poner en venta el voto. Si su cabreo es infinito o su escepticismo inabarcable, amigo lector, vote en blanco o anule su voto escribiendo en la papeleta una frase escatológica, una blasfemia o una chanza bestial. Pero deposítela en la urna.

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