la ciudad y los días

Carlos Colón

La vida del Calvario

SEVILLA delante, Triana detrás: va donde tiene que ir, entre Esperanzas. Porque es la Esperanza la que da vida eterna al cuerpo muerto de mi Cristo del Calvario. Como bien saben los teólogos, la historia de Jesús Nazareno se cuenta de su final (resurrección) a su principio (nacimiento y vida) y culminación trágica (crucifixión y muerte). "La fe cristiana -escribe Moltmann- lee la historia de Jesús desde atrás: su cruz se interpreta a la luz de su resurrección; su camino hacia la muerte, a la luz del significado salvador de la cruz; sus palabras y milagros, a la luz de su entronización pascual como Señor. Los recuerdos cristianos originarios estuvieron determinados desde el principio por la experiencia de su resurrección por Dios. Sólo por eso se recordaron sus palabras, su historia y su cruz".

Si no hubiera resucitado no sólo nuestra fe sería vana, como escribió San Pablo: ni tan siquiera existiría. ¿Quién predicaría al ajusticiado que murió abandonado, y por lo tanto negado, por el Dios a quien predicó y se atrevió a llamar Padre? ¿Pedro, que le negó mientras le interrogaban y torturaban? ¿Los discípulos, que lo dejaron solo en su pasión y muerte? ¿De donde obtuvieron su valor estos cobardes que creyeron que todo había acabado en el fracaso de la muerte vergonzosa de quien, arrogándose la verdad última sobre Dios, murió como un blasfemo abandonado por Dios? ¿Quién predicaría al Calvario, si no fuera por la Esperanza?

En noviembre hará 400 años que Francisco de Ocampo recibió el encargo de esculpirlo. Y lo que ejecutó -como su tío Andrés en Fundación, como Montañés en Clemencia, como Mesa en Amor y Buena Muerte- no fue un muerto al que Dios hubiera abandonado. Esculpió Ocampo a la vez el cuerpo de Jesús Nazareno muerto y el de Jesús el Cristo resucitado.

Ese fue el milagro obrado por nuestros más grandes imagineros: unir los contrarios de hombre y Dios, desfallecimiento y poder, muerte y vida eterna. Porque esculpieron como los evangelistas escribieron: desde atrás, a la luz de la Resurrección. No son sólo representaciones históricas y realistas de Jesús Nazareno nuestras sagradas imágenes, sino discursos teológicos que interpretan su pasión y muerte a la luz de su resurrección. Por eso comunica tanta vida eterna el cuerpo muerto de mi Cristo del Calvario.

Demasiada teología para tantos chimpunes y cachondeos, podría pensar alguien. Poca, le diría yo, para lo que esta tarde y esta madrugada se pone en las calles, desde que Fundación salga a las tres hasta que la Esperanza entre veinticuatro horas más tarde. Teología sensible al modo del pueblo sevillano.

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