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Rafael Padilla

El voto de Europa

COMO era de esperar, se multiplican los análisis políticos que tratan de explicar el porqué de los resultados producidos en las últimas elecciones europeas. Más allá de una pobre -y anunciada- baja participación, el dato que centra el debate parece incuestionable: el Partido Socialista Europeo ha sufrido un notable descenso como consecuencia del descalabro generalizado de los partidos pertenecientes a la Internacional Socialista en toda Europa. La pérdida de casi seis puntos porcentuales en la representatividad de éstos de las elecciones de 2004 a las de 2009 no deja demasiado margen para interpretaciones diferentes y más optimistas.

Naturalmente cada cual cuenta la feria como le va, y hasta como desearía que le fuera, sin que falten discursos alentados más por anhelos ideológicos que por una sensata reflexión sobre la realidad. Aun así, simplificando, dos son las grandes lógicas que intentan fundamentar el fenómeno.

Según la primera, el mal es interno y poco visible. Para sus valedores -Vicenç Navarro, por ejemplo- la causa deriva de la transformación de la gran mayoría de partidos socialdemócratas en partidos socioliberales que han adoptado como suyas políticas netamente de ese origen, con el consiguiente aumento de las desigualdades en Europa y la aparición de un extenso sector del electorado huérfano de alternativas satisfactorias. "Los viejos partidos socialdemócratas -afirma el historiador Joseph Fontana- se han convertido sólo en demócratas; partidos moderados de centro, que se preocupan por los derechos individuales, pero no por los sociales". Para éstos, claro, la receta ante el batacazo de la izquierda es más izquierda, olvidando acaso el desastre de experimentos tan horribles como todavía cercanos y los propios límites que la globalización económica impone a las derivas utópicas.

Para la segunda, por el contrario, nos encontramos ante una paralización del mensaje, agravada por la ausencia dramática de verdaderos líderes capaces de renovar, refrescar y estructurar soluciones de futuro. "La izquierda -señala Andrés López de Ocariz- se ha enquistado en la palabrería vacía, en el eslogan caduco de pancartas trasnochadas, en el buenismo pietista de un mundo de hadas, donde todo son derechos natos y muy pocas o ningunas las obligaciones del ciudadano para con la comunidad". El paradigma español, tan penoso y tan obvio, me libera de ulteriores razonamientos sobre la verosimilitud de tales argumentos.

Frente a los universos contrapuestos, una convicción personal: Europa, esa Europa socialmente mucho más avanzada que los EE.UU. de Obama, necesita fortaleza en sus dos pilares básicos. Derecha y socialdemocracia siguen siendo imprescindibles para apuntalar los logros de la sociedad más justa que ha conocido la Historia. Y la debilidad de uno -o su gestión por políticos de tercera fila- supone, por supuesto, una pésima noticia para todos.

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