la ciudad y los días

Carlos Colón

La voz de la calle y la voz de las urnas

LA voz de la calle, siendo muy importante y estando los políticos obligados a tenerla en cuenta, no debe pesar más que la de las urnas. En una dictadura la voz de la calle tiene más peso moral que la de los políticos y las instituciones. Pero jamás en una democracia. En torno al 15-M, a los antisistema o a los movimientos de muy diverso signo alentados por las redes sociales, se propagan consignas que tienen un tufo fascista en la medida en que comparten los eslóganes que los totalitarios utilizaron contra los gobiernos democráticos.

Estas consignas acusan al Parlamento de no representar al pueblo, a los partidos de someter los intereses generales a los propios convirtiendo la democracia en una partitocracia y a la clase política de corrupta. Desde el 15-M, por desgracia, se viene repitiendo eso de "no nos representan". Y no es cierto. Claro que nos representan a todos. Lo harán bien, regular, mal o muy mal. Pero nos representan porque los votamos en elecciones libres.

Salvo que se esté de acuerdo con la boutade de Borges, cuando dijo que la democracia es un abuso de la estadística, los números mandan. Porque cada número de los que conforman los resultados electorales expresa la libre voluntad de un ciudadano libre que elige libremente el parlamento que representará la soberanía popular. He repetido intencionadamente tres veces la palabra libre. En las últimas elecciones generales votaron 24.590.557 ciudadanos y se abstuvieron 9.710.775. Aunque se trata de una cifra alta de abstención (28,31%) es abrumadoramente inferior a la de participación (71,96%). 10.830.693 ciudadanos votaron al PP, 6.973.880 al PSOE, 1.680.810 a IU-LV, 1.140.242 a UPyD y 1.014.263 a CiU, por citar sólo a los partidos que obtuvieron más de un millón de votos.

¿Qué derecho tienen, y a quiénes representan, los 6.000 manifestantes que asediaron el Congreso para pedir su disolución? Eran 6.000 pidiendo que se disolvieran unas cámaras votadas por más de 24 millones. En cuanto a la petición de anticipo de las elecciones, ¿qué razón asistía a esos 6.000 para pedir que deje el Gobierno un partido votado no hace ni tan siquiera un año por 10.830.693 españoles?

Hay razones para el disgusto, el cabreo, la indignación y el pesimismo. Las hay para estar descontentos de la actual clase política y para exigir cambios en la ley electoral. Pero ninguna justifica que se niegue la representatividad de las instituciones democráticas o que la voluntad de unos miles de ciudadanos pretenda imponerse a la de los millones que se han expresado votando. Esta democracia imperfecta pero constitucionalmente perfectible es la única real.

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