Hawking: sin tiempo no hay Dios

  • El autor destaca que el británico pasó de ser un gran físico a un pensador

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Hawking: sin tiempo no hay Dios / Izquiano

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Todos conocemos la infausta vida de Stephen Hawking a causa de su grave enfermedad degenerativa. Aunque su tesón y fuerza vital sea alabada por todos, hay quien dice que si no fuera por eso, Hawking como físico habría pasado de moda hace mucho tiempo y, desde luego, no sería tan famoso. Analicemos esto con un poco más de rigor.

Hawking fue un físico teórico brillante desde su doctorado. Sus colaboradores y supervisores fueron físicos y matemáticos de los más relevantes del Reino Unido de principios de los 70. Desde entonces se interesó por la cosmología teórica, aunque lo que le hizo más respetado entre la comunidad científica fueron sus trabajos sobre los agujeros negros. Aquello suponía una vía eficiente para, nada menos, que fundir la relatividad general con la mecánica cuántica, logro aún no alcanzado.

De hecho, por aquellos trabajos sobre los extraños y compactos objetos cósmicos se hizo merecedor del premio Nobel. Es lógico que no se lo concedieran, porque una de las bases del excelso galardón es que el trabajo merecedor de él haya sido comprobado experimentalmente, y la radiación de Hawking de los agujeros negros así como otras propiedades de esos inquietantes cuerpos que él predijo aún no están confirmadas.

Conforme la enfermedad avanzaba, el sueldo de catedrático no le daba para ser bien atendido. Incluso el invento de su mujer empezó a ser insuficiente: Hawking aceptaba supervisar a un doctorando brillante a cambio de que viviera con ellos y lo cuidara. Por aquella época, finales de los 70 del siglo pasado, lo conocí durante mis estancias doctorales en Oxford. De vez en cuando aparecía por la cafetería del Nuclear Physics Laboratory. Él era profesor de Cambridge pero nacido en Oxford e iba por allí muy a menudo. Le gustaba sentarse con los jóvenes doctorandos y preguntarnos por nuestros trabajos. Con todos nosotros tenía palabras amables y nos ofrecía ideas como mínimo ingeniosas cuando no profundas cualquiera que fuera el tema de nuestras tesis. En aquellos cuatro años fui testigo de cómo pasaba de impulsar su silla de ruedas por sí mismo a necesitar ayuda para ello. Y de hablar trémulamente a hacerlo de manera casi incomprensible.

Poco después supe que su estado exigía tal atención que el alumno interno era insuficiente y su sueldo no permitía costearla. Alguien tuvo la idea de que escribiera un libro de divulgación para conseguir fondos. Tras varias operaciones editoriales bien diseñadas, con una buena inversión (250.000 dólares de adelanto) y asesorías científica y comercial adecuadas, el libro tuvo un éxito arrollador. De Historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros se llevan vendidos más de diez millones de ejemplares. A partir de entonces, me irritaba ver cómo su entorno lo convertía en un personaje de interés casi exclusivamente comercial.

Aun así, Hawking pasó de ser un gran físico a un pensador que en el futuro será más reconocido como tal que por su gran aportación, la mencionada radiación de Hawking emitida por los agujeros negros. Junto a otros cosmólogos, demostró matemáticamente que un universo sin contornos ni límites es totalmente compatible con un surgimiento espontáneo (sin causa alguna) y sin localización espacio-temporal. Pero él fue más allá de la duda sobre la existencia de un dios externo al universo y, por supuesto, antropomórfico y pendiente de nosotros, seres de un planeta habitable de una estrella más de las 400 mil millones de una simple galaxia de las que hay casi otro tanto.

Hawking parte de la base de que puesto que el Big Bang es justo la generación del espacio y el tiempo, o, lo que es lo mismo, de la energía y la materia (y la información), antes de tan magno acontecimiento no existía el tiempo lo que implica que Dios no pudo crear el universo. De hecho ni siquiera la palabra antes tiene sentido en ese contexto.

Baruch Spinoza dio las claves de un Dios distinto al creador omnitodo, Einstein amplió la idea identificándolo con el propio universo y Hawking dio el paso de negar su existencia. Su ateísmo, que no agnosticismo, lo sustenta con la argumentación más poderosa que ha inventado el género humano: la ciencia. La misma que sana muchas de nuestras enfermedades, sienta las bases para erradicar el hambre en el mundo, nos intercomunica y, entre mil maravillas más, nos permite volar aspirando a conquistar el cosmos.

Stephen Hawking se ha convertido en un icono de nuestro tiempo, pero su mayor aportación habrá sido alentarnos a trascender la carga de irracionalidad y fanatismo heredados que tanto daño han hecho y están haciendo a la humanidad.

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