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Tauromagia | Crítica

El círculo mágico

Poco podemos añadir a lo ya dicho sobre la belleza y el valor musical de esta monumental obra que Manolo Sanlúcar, en la plenitud de su carrera, regaló hace treinta años al flamenco. Sólo decir que el lunes, en el Teatro Central, con el compositor sentado en la grada, sonó con la misma claridad y la misma brillantez que entonces. Sin orquesta, y sin las muchas voces y palmas que lo acompañaron pero con la misma intensidad fascinante.Lo hizo posible la magistral interpretación de Santiago Lara quien, además de componer, se divierte retando sus facultades interpretativas intentando emular a los más grandes. Como hace ahora (con Paco León como segunda guitarra, un teclado y dos percusiones) para homenajear a su admirado maestro. Gracias a su sentido musical y a la extraordinaria digitación que exigen los endiablados trémolos del sanluqueño, el jerezano logró hacerle llegar al público el espíritu de cada una de las nueve piezas que componen el disco. Pero este Tauromagiano es un concierto, es un espectáculo total donde la música alcanza un perfecto equilibrio con la danza gracias a la labor de Mercedes Ruiz, ya con la madurez y el vocabulario suficientes para afrontar una música que no es en absoluto descriptiva porque Sanlúcar ha huido siempre de cualquier tópico. Al igual que Francisco López, el director de escena, que escapa de lo evidente creando un espacio vacío pero de aire espeso y solemne cuya atmósfera, como hace el compositor, sin pasodobles ni clarines, logra situarnos ante ese combate tú a tú entre la vida y la muerte que es el toreo. Del mismo modo, logra entrelazar las piezas con cargados silencios o con la voz de un David Lagos que, sensible y pletórico como nunca, interpretó los sabrosos textos originales -el ¡Ay, qué faena! de Maletilla o el …de Triana vengo de De Capote-, y tres poemas de Miguel Hernández, el poeta preferido del compositor, que cierra el espectáculo prestando su voz (en off) a otro de sus poemas.Envueltas en esta atmósfera y en los círculos que va dibujando la luz, Mercedes Ruiz y la bailarina Ana Agraz se convierten en toros y en toreras sin caer en el proverbial mimetismo. Desde la Nacencia de los toritos en el campo, hasta la salida a hombros del torero, nos dejan un cúmulo de sensaciones y una buenísima danza. La jerezana, con el poso que le van dando los años, da una auténtica lección de cómo es el baile tradicional del siglo XXI, con una técnica impresionante en la utilización de los pies y de todo el cuerpo (amén de en el uso del mantón, la bata de cola y las castañuelas), y con ese sentido del ritmo que le ha dado Jerez. Entre mil giros, nos van dejando escenas tan hermosas como la de la rondeña de Oración, con una Ruiz recogida y de negro, o las bulerías del Tercio de varas. Como coreógrafa, Ruiz aprovecha la juventud y la ligereza del magnífico trío que compone su cuerpo de baile para comunicar el jubiloso ambiente de la Maestranza -precioso el uso del mantón y el sombrero de las tres- o las cascabeleantes mulillas que rodean al toro moribundo mientras ella profundiza en el pundonor del toro o en la ebriedad del triunfo del torero. Porque el toreo es mucho más que una fiesta.

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