Anthony Hopkins vale el precio de una entrada. Aunque lo que se proyecte sea la obra de teatro más bien plasta y errática Freud’s Last Session que el dramaturgo y guionista Mark St. Germain estrenó en el off-Broadway en 2010 y ahora ha convertido en guión sin que el realizador británico Matt Brown -muy dado a tratar de personajes reales: el matemático indio Ramanujan en El hombre que conocía el infinito, el grupo The Clash en London Town- logre impedir que parezca teatro filmado o drama televisivo

Y no es esto lo peor, sino que la ambición de la obra excede las posibilidades del dramaturgo: nada menos que imaginar un debate entre Freud y C. S. Lewis (el popular autor de Las crónicas de Narnia pero también de la desoladora Una pena en observación o del ensayo teológico Dios en el banquillo) en torno no solo, pero sí sobre todo, a la existencia de Dios.

El psicoanalista judío ateo y el escritor creyente y apologista cristiano frente a frente, con el horizonte de inminencia de la muerte acechando a Freud, requeriría, en el caso de que encontrara necesario narrarlo, mayores fuerzas creativas por parte del autor de la obra y del guión, y también del director. Las subtramas digamos que romántico-familiares y los intentos por desteatralizar la película con flashbacks obstaculizan más que ayudan. Queda el talento siempre inmenso del casi nonagenario Anthony Hopkins, sobre todo, y la buena réplica de Matthew Goode. Poco más.