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Bernhard Schlink | Escritor

"Cuando el presente sea pasado, volveremos a preguntarnos si lo hicimos bien"

  • El autor de 'El lector' visitó esta semana Málaga y Sevilla para presentar su última novela, 'La nieta' (Anagrama), una mirada a la unificación alemana y sus grietas que consolida a su creador en la cima del panorama literario europeo

  • El periodista y el filósofo

  • Con ánimo de ofender

Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944), antes de la entrevista.

Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944), antes de la entrevista. / Javier Albiñana (Málaga)

La publicación en 1995 de El lector sirvió en bandeja la proyección internacional de Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944) como uno de los escritores alemanes más importantes de su generación. Con otros títulos de notable impacto en su haber como El regreso, Olga y El fin de semana, el también jurista y profesor en la Universidad Humboldt de Berlín ha consolidado su hegemonía en el panorama literario europeo con su última novela, La nieta, una historia armada en torno a la unificación y sus grietas aún pendientes de resolución publicada recientemente en España, como sus anteriores libros, por la editorial Anagrama. Esta semana, en una ocasión histórica en la que también atendió a este periódico para esta entrevista, Schlink presentó su obra en el Museo Picasso Málaga de la mano del ciclo Málaga de Festival (MaF) y en el Cicus de Sevilla de la mano del Centro Andaluz de las Letras.

-¿Hay algún hecho real detrás de los acontecimientos que narra en La nieta

-No hubo un evento particular, sino que se juntaron varias circunstancias. En enero de 1990 empecé a dar clases en la Universidad Humboldt, en Berlín Este, así que viví de manera muy intensa la unificación y los años posteriores. Después, fui testigo del ascenso de la extrema derecha en la antigua RDA, al que he dedicado no poco trabajo y tiempo. Ese fue uno de los momentos. Otro se remonta a 1964, cuando, al igual que el protagonista de la novela, me fui a Berlín a estudiar: yo también participé en el Encuentro de Pentecostés de estudiantes de Berlín Oriental y tuve una novia a la que ayudé a huir al Oeste. Eso sí, ella no dejó ningún hijo atrás. Nuestra relación no duró mucho, aunque mantuvimos nuestra amistad durante mucho tiempo. Ella falleció hace unos años y todo aquello se me removió de pronto. Un tercer punto tiene que ver con que siempre he querido escribir sobre alguien que encuentra un manuscrito de una persona importante, una novia, un amigo, de manera que vive su historia a posteriori y evoca lo que se insinúa en ese manuscrito. La posibilidad de hacer confluir estos tres cauces en una novela es maravillosa pero la verdad es que no sé cómo ocurrió. En realidad, nunca sé cómo surgen las historias que escribo.

-¿Esa idea del manuscrito encontrado obedece a alguna inspiración cervantina?

-Pues nunca se me había ocurrido. Aunque me parece una posibilidad preciosa.

-Como sucedía en El lector, La nieta nos recuerda que, aunque los discursos históricos tiendan a simplificarse, la historia nunca es simple, sino compleja. ¿En qué medida reivindica su escritura la novela como mecanismo de narración complejo frente a la simplificación del discurso histórico? 

-A lo mejor, si tenemos la distancia adecuada, podemos distinguir la experiencia existencial que hay detrás de cada acontecimiento histórico. Y así podemos centrarnos en ello, reparar en la importancia de esa naturaleza existencial del momento. Cuando escribí El lector, y cuando se publicó posteriormente, estaba convencido de que no tendría éxito fuera de Alemania porque me parecía justamente una historia demasiado alemana. Pero resultó que la experiencia existencial conectó con mucha gente fuera de Alemania, porque toda esa gente pudo preguntarse qué haría si alguien a quien amaba resultaba ser culpable o si descubría una culpabilidad grave en una persona amada. Eso no es un elemento circunstancial alemán, sino universal. En el caso de La nieta, también tenemos una encrucijada existencial: ¿Qué puedo hacer cuando alguien a quien amo toma una decisión equivocada? Es una experiencia existencial que no sólo se vive en Alemania.

"En Alemania tendrán que pasar aún un par de generaciones más hasta que la unificación sea real"

-¿No le preocupa entonces que, especialmente fuera de Alemania, el público acuda a sus novelas impulsado más por el contexto histórico que por lo que sucede a sus personajes?

-No se me había ocurrido nunca pensar en ello. Creo que, en cualquier novela con un contenido histórico o contemporáneo tenemos ambos elementos, el contexto y los personajes con sus conflictos particulares. Que el contexto pudiera pesar más hasta el punto de erosionar a los personajes es un problema que, la verdad, nunca se me ha presentado.

-En La nieta tenemos a Birgit, una protagonista ausente redescubierta por el hombre que la amó tras una revelación trascendental. ¿Es Birgit una encarnación de la memoria alemana?

-Es cierto que en la novela la memoria es importante. Para empezar a través de mis propios recuerdos, los que tienen que ver con 1964 en Berlín Este y todo lo que viví entonces. Eso entra de lleno en la historia. Y todo eso ya es pasado. Al igual que lo que vive Birgit cuando, en 1965, huye a la Alemania Occidental y tiene así la oportunidad de anticiparse a todo lo que pasará después, en 1990. Todo eso está hecho de recuerdos, pero, al mismo tiempo, forma parte de nuestra vida actual, porque en Alemania, al igual que en cualquier otra parte, vivimos con nuestra memoria como elemento clave del presente.

-¿Y le preocupa el olvido?

-Vivir con el pasado requiere ambas cosas, el recuerdo y el olvido. Hay una memoria de la que no nos podemos desprender y, al mismo tiempo, existen recuerdos de los que nos tenemos que deshacer. Ambos ejercicios son necesarios. Los acontecimientos se acumulan en el presente y poco a poco se van convirtiendo en pasado, así que tenemos que renunciar a una parte. Si queremos fomentar una cultura de la memoria en el presente, tenemos que recordar, claro, pero también olvidar, por la sencilla evidencia de que la memoria está hecha de recuerdo y de olvido.

-Precisamente, algo que comparten buena parte de los personajes de sus libros es la tragedia de tener de elegir qué recordar y qué olvidar.

-Siempre conviene recordar lo que nos ha marcado, lo que ha generado unas determinadas expectativas en cada territorio, en cada país. Hoy, por ejemplo, mis estudiantes no pueden viajar a Polonia, a Holanda ni mucho menos a Israel para confrontar nuestro pasado, pero de alguna forma tienen que ocuparse de ello, enfrentarse a ese pasado para vivir en este mundo como alemanes. Para ellos, sin embargo, el pasado ya no es tan dramático como lo fue para mi generación. Mi padre, mi profesor, mi catedrático, al que debo muchísimo, hicieron tal cosa y tal otra en el Tercer Reich, y eso es una verdad absoluta, dramática, pero sin embargo se va debilitando de una generación a otra. A la hora de asumir ese pasado, hay una gran diferencia entre hacerlo en relación con tu padre y señalar a tu abuelo o a tu bisabuelo, a los que a lo mejor ni siquiera has conocido.

-¿Justifica esa debilidad del pasado el optimismo que respira el final de La nieta?

-Creo que el pasado que ahora tenemos tan presente en nuestra memoria, y que nunca va a desaparecer del todo aunque vaya diluyéndose, tendrá que entregar el relevo a otros pasados que después se harán presentes. Vivimos en un tiempo en el que el mundo cambia mucho y muy rápido, sobre todo en Europa. Hay una amenaza seria de parte de Rusia, seguimos sin saber cómo convivir con los inmigrantes que siguen llegando, vemos un auge de la extrema derecha y de fuerzas fascistas, es un tiempo de cambio que a veces nos recuerda a los años 20 y 30. Pero todo esto que pasa ahora, en algún momento, será un pasado. Y nos preguntaremos entonces: ¿lo hicimos bien? Y tendremos que hacer frente a ese pasado. Eso no significa que el pasado que conforman acontecimientos como el Tercer Reich, la Segunda Guerra Mundial, la dictadura de Franco o la Guerra Civil Española vaya a desaparecer, pero necesariamente nos iremos ocupando menos de ellos porque habrá pasados más recientes que intervendrán más en nuestro día a día.

El escritor alemán posa en un hotel de Málaga. El escritor alemán posa en un hotel de Málaga.

El escritor alemán posa en un hotel de Málaga. / Javier Albiñana (Málaga)

-Lo curioso es que ese auge de la extrema derecha, por ejemplo, reacciona a la frustración generada por el pasado inmediato proponiendo valores de un pasado anterior. ¿Cómo lo hacemos al final para que todo el mundo encuentre su sitio en nuestras democracias occidentales?

-Luchando por tener los instrumentos que lo hagan posible. Las generaciones jóvenes tienen una responsabilidad clara en muchos ámbitos de la sociedad contemporánea y lo asumen de manera directa. Muchos jóvenes quieren preservar el medio ambiente, recuperar espacios públicos en las ciudades, ganar un futuro mejor, todo eso. A menudo, manifiestan su compromiso participando en organizaciones que han nacido fuera del ámbito político, en la calle, a través de movimientos como la Primavera Árabe o los Viernes para el Futuro. Mi impresión, sin embargo, es que esta tendencia se va reduciendo. Lo que corresponde hacer ahora es motivar a los jóvenes a que vayan a las instituciones y manifiesten su compromiso a través de ellas. No es fácil, claro. Tengo la impresión de que los jóvenes alemanes viven en sus particulares burbujas, en realidades sociales muy reducidas en las que buscan su identidad. Y cada vez hay menos herramientas para romper esta cultura, ya ni siquiera nos sirven los medios públicos de información.  Así que necesitamos nuevos instrumentos para ampliar los horizontes de nuestra juventud.

-¿Es la unificación un acontecimiento del pasado o del presente?

-Empezó en el pasado. El paso decisivo, la unión de los dos Estados en uno solo, se dio en su momento. Pero, para conseguir la unificación real, aún tiene que pasar más tiempo. Soy optimista, en cualquier caso. Piensa en las diferencias que a día de hoy sigue habiendo entre los Estados de la antigua Confederación Americana. En Alemania vamos por buen camino, pero harán falta al menos un par de generaciones más.

-¿Cuánto tiempo tendrá que transcurrir hasta que podamos convertir la Guerra de Ucrania en materia literaria?

-No lo sé. ¿Cuántos años esperó Tolstói hasta que escribió sobre la invasión napoleónica? Una novela como Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque se escribió doce años después de la Primera Guerra Mundial. Supongo que al final depende del talento de los escritores, de su inspiración, más que de otra cosa.

"El futuro de la novela no me da miedo, no me preocupa en absoluto. Si aparecen nuevos géneros y estilos, bienvenidos sean"

-¿Quién es su padre literario?

-No sé si lo tengo. Empecé a escribir novelas policiacas y amaba entonces, como sigo amando, la tradición norteamericana del género, sobre todo a Raymond Chandler. Pero también me encanta la literatura alemana del siglo XIX, Gottfried Keller, Theodor Fontane, todo eso. Pero, ¿padres? No, no creo. Esta literatura me ha llenado desde muy joven y me gusta volver a leerla, siempre, pero nunca me he propuesto escribir como Chandler o Keller.

-¿Quizá no tiene padres porque los ha matado?

-No. Seguro que no.

-¿Es muy distinto el proceso que sigue a la hora de escribir novelas respecto al de escribir relatos?

-Las historias me llegan de alguna forma y luego derivan en novelas o relatos cortos. Cuando me documentaba para La nieta empezaron a surgir elementos relacionados con mi memoria personal y recuerdos de todo tipo, pero de una forma ajena a mí, fuera de mi control. Lo mismo sucede cuando escribo un relato corto, o una novela, todo parte de cosas que vienen y me piden ser fundamento de lo uno o lo otro. Y, lo que me piden, yo se lo doy. En cualquier caso, el proceso a la hora de escribir una novela o un relato es siempre el mismo: hay que contar lo que vas a contar de la manera más auténtica. Ahora bien, ¿qué es lo auténtico? Entiendo que es fácil responder a esta pregunta si hablamos de ciencia, pero en lo que a la literatura se refiere nos lo tenemos que seguir preguntando.

-¿A lo mejor tiene que ver con una convención que inspire al lector la mayor verdad?

-Tal vez, pero cuando escribo no pienso en los lectores. En cuanto a las reacciones que me llegan, muchos piensan sobre la historia, se sienten afectados, y yo interpreto esto como que ellos han percibido la verdad que he querido transmitir. Lo que para mí era lo auténtico, ellos lo han interpretado también como tal.

-¿Qué futuro les queda a la novela y a la ficción?

-La gente quiere satisfacer hoy los mismos deseos que tenían quienes en su día leían novelas largas. A menudo, ese deseo encuentra su satisfacción en las series. Pero, al mismo tiempo, veo que las series, como fenómeno, también se van acabando. En una novela podemos desarrollar una historia de principio a fin, algo que, a los espectadores de series, especialmente series largas de innumerables temporadas, se les escapa. Así que es razonable pensar que un espectador cansado de ver series encuentre cierta satisfacción leyendo una novela como Los miserables. No es una especulación, conozco a gente que ha hecho esa transición. El futuro de la novela no me da miedo, no me preocupa en absoluto. Y si aparecen nuevas maneras de contar, nuevos géneros y estilos, ¿por qué no? Al final, lo que nos encanta son las historias.

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