La isla de los conejos | Crítica La humanidad o el linaje de lo extraño

  • La onubense Elvira Navarro publica 'La isla de los conejos', un conjunto de relatos perturbadores que confirman el talento de la autora para reflejar el espanto y la rareza de la existencia

La escritora Elvira Navarro. La escritora Elvira Navarro.

La escritora Elvira Navarro. / Juan Carlos Vázquez

En La habitación de arriba, uno de los relatos que componen el nuevo libro de Elvira Navarro, La isla de los conejos (Random House), una joven ha sido tan desposeída de su dignidad en su trabajo que no parece tener derecho tampoco a sus propios sueños y se enreda en las fantasías ajenas. En París Périphérie, otra de las piezas, una mujer que busca un edificio para entregar los papeles de una beca se topa con que la dirección que le han facilitado ha desaparecido.

De un modo u otro, todos los personajes de esta obra afrontan la existencia como un delirio del que no saben escapar, como una invitación al desconcierto. Y esa extrañeza también anida en el interior de cada uno de ellos, porque Navarro (Huelva, 1978) sabe que "hay una exigencia de que seamos personas normales, pero ninguno de nosotros tiene muy claro qué es eso. Por poco que escarbemos, estamos llenos de anomalías, de rasgos que no responden al paradigma de lo correcto", dice una autora que habla en sus textos de "la imposibilidad de poseer el control" y entrega a sus protagonistas a la "búsqueda de soluciones torcidas". Como es ya habitual en su trayectoria, la autora consigue que los lectores se sientan perturbados ante un reflejo deforme que, lejos de lo explícito, les señala su espanto y su aturdimiento.

Navarro dispone un catálogo de historias desafiantes que a menudo el receptor debe completar y en las que la imaginación de la narradora transita por el lado más sombrío y perturbador de la existencia, aquél donde lo humano se emparenta con lo animal y la naturaleza tiende a la descomposición, con momentos tan enfermos y brillantes –caso del relato Encía– que habrían firmado con gusto David Cronenberg o David Lynch. "Escribo de los conflictos, y los conflictos son de por sí sitios sucios", se justifica la autora, que traslada "metafóricamente" esta impresión a "los espacios que retrato en el libro, sórdidos y extraños". La narradora, que ya vuelca en el blog Madrid es periferia su interés por la alteración del paisaje, elige aquí escenarios insólitos para sus ficciones.

"Creemos que lo tenemos todo controlado, pero el mundo está lleno de lugares que no están explorados, que no son visitados por casi nadie. Mi padre vive en Córdoba y cuando voy a visitarlo observo esas isletas que hay en medio del río, a las que no puedes llegar si no vas en piragua, por ejemplo", comenta. "Ocurre que en nuestra vida cotidiana transitamos siempre por los mismos sitios. Hacemos el mismo recorrido para ir al trabajo, en el barrio vamos a la panadería que nos gusta o donde está la casa de nuestro amigo, y poco más. Y en cuanto nos desviamos nos encontramos con lo desconocido", cuenta Navarro, que se inspira en una experiencia propia para ubicar un relato en París en las antípodas de la Rayuela de Cortázar. "Había leído ese libro y estaba fascinada, y cuando vi que en la beca Erasmus te podías pedir París no lo dudé. Pero no tenía dinero para alojarme en ninguna residencia céntrica, entonces al menos se desconfiaba de una española para concederle un alquiler, y acabé en un gueto en los suburbios. Era muy ingenuo pensar que la ciudad de un libro existía", admite.

"El fantástico es una vertiente que siempre me atrajo: de pequeña disfrutaba muchísimo de las películas de terror", asegura la autora

Navarro, una de las escritoras que con más inteligencia había descrito la realidad circundante –La trabajadora retrataba con poderosa exactitud aspectos del presente como la precariedad laboral y la fragilidad mental–, apuesta aquí, en varios relatos, por el género fantástico. "Es una vertiente que siempre me atrajo", apunta, "pero de la que no había publicado nada porque lo que hacía en ese registro no terminaba de cuajar. Es verdad que en La trabajadora había un guiño, una aparición espectral, pero la novela no se decantaba por ahí. No ha sido un cambio premeditado, mi tendencia a lo fantástico siempre estuvo: de pequeña disfrutaba muchísimo de las historias de terror, me intrigaba mucho el más allá, y todo eso está muy presente en el libro". Incluso en sus historias más fantasiosas, Navarro logra de nuevo la identificación de los lectores, como ocurre con el emocionante Memorial, donde el fantasma de una mujer parece comunicarse con su hija mediante el Facebook. "No habría escrito ese relato si mi madre y un primo mío muy cercano no hubiesen muerto". explica. "Antes, cuando alguien se iba, te dejaba sus objetos: su lapicero, su chaqueta, su bolso... Hoy también te deja su rastro en internet. Es una situación muy extraña, pero yo en estos años he tecleado los nombres de mis familiares en Google como una forma de reencontrarme con ellos".

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