Un auténtico estudio de historia cultural y social

EL UNIVERSAL CONVITE | CRÍTICA DE LIBROS

Rodríguez Estévez liga en este ensayo publicado por Cátedra el arte y los usos culinarios del Renacimiento a partir del análisis de un bodegón pétreo de la catedral de Sevilla

Detalle del arco de ingreso a la sacristía con los relieves analizados en la obra.
Detalle del arco de ingreso a la sacristía con los relieves analizados en la obra. / Juan Carlos Muñoz
Benito Navarrete Prieto

22 de agosto 2021 - 06:01

La ficha

'El Universal convite. Arte y alimentación en la Sevilla del Renacimiento' Juan Clemente Rodríguez Estévez. Cátedra, Madrid, 2021, 526 páginas, 28 euros

En su Tesis sobre el concepto de historia Walter Benjamin nos señala que "el cronista que narra los acontecimientos sin distinguir entre los grandes y los pequeños da cuenta de una verdad: que nada de lo que una vez haya acontecido ha de darse por perdido para la historia".

Lo que el profesor Juan Clemente Rodríguez Estévez ha construido en el libro El Universal convite. Arte y alimentación en la Sevilla del Renacimiento, editado por Cátedra, constata hasta que punto un aparente pequeño pasaje histórico-artístico hispalense puede convertirse en un fundamental testimonio de algo más amplio que aconteció en nuestro pasado y que puede recuperarse para la historia. No era un reto fácil partir del análisis de los relieves pétreos circunscritos en los casetones del arco de ingreso de la Sacristía Mayor de la catedral de Sevilla -diseñados por Diego de Riaño entre 1533-35- y proyectar, gracias a ellos, todo un edificio que alumbra la historia de la alimentación local, los usos culinarios y las prácticas culturales derivadas de las personas que habitaron una de las ciudades más influyentes de la Edad Moderna.

Portada de la obra, profusamente ilustrada.
Portada de la obra, profusamente ilustrada.

El arco que centra este estudio, trazado en esviaje y en cuyos 68 casetones se adivinan carnes, pescados, frutas, verduras, dulces, utensilios de cocina y todo tipo de elementos que constituyen un auténtico bodegón pétreo, daba acceso al espacio donde los sacerdotes se vestían y desvestían, lugar donde además se atesoran los ajuares litúrgicos y la idea de tránsito está muy presente. El autor parte de la clave que dio el profesor Alfredo J. Morales para interpretar el significado de esta obra que no era otra que la de reivindicar la importancia del diezmo al que alude el libro de los Números (cap. 17 y 18) y que se ofrece a Dios y a los sacerdotes materializado como alimento corporal del Antiguo Testamento, prefiguración de la Eucaristía en el Nuevo. Ahora, sin embargo, se profundiza en la complejidad e innovación que reside en este programa iconográfico aludiendo a la posibilidad de que fuera Baltasar del Río (1480-1541), obispo de Scala, su ideólogo y quien destacó en la corte papal por su erudición y probablemente se vio asistido por el canónigo sevillano Pedro Pinelo. La intención naturalista que se advierte en la talla hubo de estar en directa relación con trabajos cerámicos del taller de Della Robbia y, como señala el autor, en el virtuosismo de los miniaturistas o en el detalle de labra de las capillas del Alabastro de la catedral hispalense, que evidencian la introducción de una nueva sensibilidad renaciente en el trabajo de los grutescos.

Pero por encima de todo, el libro destaca por el importante estudio de la dieta local, demostrándose a lo largo de toda la investigación que todos los productos que se representan en este gran bodegón pétreo eran propios de la alimentación sevillana, para cuya reconstrucción ha sido fundamental los presentes en la lista elaborada por Luis de Peraza hacia 1535 para los mercados locales. Gracias a las conclusiones que saca el autor de este documentado estudio podemos deducir que las representaciones de algunas aves, como la gallina de Guinea que introdujeron los portugueses, o los pimientos que se trajeron de América en fechas cercanas, están informando de la contemporaneidad documental de lo representado.

Plano general del arco con su fascinante bodegón pétreo.
Plano general del arco con su fascinante bodegón pétreo. / Juan Carlos Muñoz

Al hilo de esto una de las preguntas que nos hacemos al estudiar la disposición de las viandas en los casetones, es si fue utilizado el dibujo como paso previo en el proceso creativo y constructivo de la decoración del arco de ingreso a la Sacristía Mayor, algo de lo que estamos bastante convencidos. La forma de insertar la disposición de los platos en el arco cuenta además con la solución similar en la bóveda de la Sala Capitular Baja del ayuntamiento de Sevilla, en ese caso disponiendo reyes de la corona de Castilla y León, donde el marco está fundamentado por el casetón. Es pues en esta tradición en la que hemos de tener en cuenta algo que no es baladí y es, como ha señalado el profesor Rodríguez, lo importante que ha sido la medición de los campos visuales para la disposición de las viandas en el intradós del arco. Esta conciencia basada en la geometría y en la matemática se explica teniendo muy en cuenta los tratados de la simetría de Alberto Durero y sobre todo el estudio de la perspectiva, algo que se pone de manifiesto en la Historia Natural de Plinio y cuya lectura fue clave en los círculos de erudición toledanos y andaluces. No es casualidad que entre los capitulares de la catedral que decidieron sobre la construcción del arco se encontrara el licenciado Luis de la Puerta, quien contó en su biblioteca con un volumen de Plinio además del libro de Columela De agricultura. La representación en uno de los platos de un racimo de uvas picado por un pájaro es indudablemente un pasaje del tratado pliniano y por otra parte nos indica la erudición presente en el arco y las conexiones con el humanismo sevillano que debió frecuentar Baltasar del Río, conocedor del renacimiento italiano de primera mano y que también debió frecuentar al bibliógrafo Hernando Colón y al escritor e historiador Pedro Mejía. Precisamente este último publicó en 1547 sus Dos coloquios del convite donde -como indica Rodríguez Estévez- subyace el poso erasmista del convite religioso en el que tanto la comida como la erudición filosófica estaban unidos, por lo que podemos decir que este programa es una de las visualizaciones más claras de humanismo religioso donde los dones mostrados en el arco se constituyen en fuentes para el conocimiento de la vida cotidiana, la cocina y también para la historia de la ciencia.

Los dones de la Santa Cena en una de las ilustraciones del libro, editado por Cátedra.
Los dones de la Santa Cena en una de las ilustraciones del libro, editado por Cátedra.

Nuevamente es la arquitectura hispalense, terreno que el autor conoce perfectamente por el estudio de la estereotomía de los sillares y las marcas de los canteros, el lugar en el que se están produciendo los avances relevantes en geometría y cartografía asociados a la navegación, aspecto que trató Francisco Pinto en su obra Las esferas de piedra. Considero que el libro ha conseguido, gracias a la preparación intelectual de su autor, un auténtico estudio de historia cultural y social en el que, una vez más, el objeto artístico -en este caso la escultura aplicada-, se torna en documento. No solo se logra la contextualización de las frutas, dulces, legumbres, cereales, carnes, aves, objetos, jarras, copas, monedas, utensilios culinarios, sino los usos sociales relacionados con estas viandas, los saberes para cocinar los platos que están ya preparados para ser cocinados, y también lo que ello significa de innovación y proyección hacia América.

Este aspecto que centra uno de los capítulos más apasionantes del libro y ya supo ver el pionero estudio de Morales, evidenciando el impacto del arco en Nueva España -como en el convento agustino de Acolman o en la portada de Actopan y Yuriapúndaro (Guanajauato)- es clave para fundamentar la importancia del canon hispalense, y calibrar lo que significa la apropiación de esos elementos al otro lado del Atlántico y en definitiva los tiempos; los diferentes tiempos y sus medidas que hacen que todo sea inconmensurable y visto desde una óptica relativa, sobre todo cuando la historia se toma a contrapelo con el único objetivo de que sirva para recuperar un momento perdido de la historia pero presente y labrado en piedra, repleto de vida quieta, que sólo esperaba su momento para ser desvelado a nuestra mirada.

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