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La vocación de perderse | Crítica

El paisaje descifrado

  • El italiano Franco Michieli entrega un hermoso libro sobre la dimensión espiritual y conectada al tiempo del hombre de la naturaleza

El escritor y viajero Franco Michieli (Milán, 1962).

El escritor y viajero Franco Michieli (Milán, 1962). / D. S.

El geógrafo, explorador, escritor y fotógrafo Franco Michieli (Milán, 1962) aprendió a los 19 años a descifrar la plenitud –al cabo el arcano– que revela un paisaje bajo su misterioso abrigo. Sucedió en una travesía alpina, "de mar a mar", de Veintiminilla a Duino, ya en Trieste. La filosofía, igual que el devenir de la naturaleza, se le reveló como algo indefinido, pero a la vez participativo. Todo lo que le circundaba le hizo abandonar su vano papel protagonista para otorgárselo al entorno. Después vendrían años de exploraciones, algunas extremas (Groenlandia meridional, la blanca linde entre Noruega y Finlandia, Islandia, el hostil interior de Cerdeña).

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

En el caso de Michieli no hablamos de ideología ecológica. Dígase, más bien, que su hermoso librito nos invita a descifrar paisajes y territorios, pero con absoluta desnudez, sin mapas, sin chirimbolos digitales, reinterpretando así el tiempo de los ancestros. Los pobladores antiguos leían la naturaleza. Atendían a los cursos fluviales y observaban el movimiento de los astros (recuérdese también el maravilloso relato de los magos de Oriente en busca del misterio dispuesto sobre un pesebre). Para los viejos pueblos el paisaje albergaba una onda espiritual, profunda y arcaica. Los pueblos cazadores, como los lakotas del Ártico, atisbaban un ámbito físico dentro de otro. Uno era el aparente, el mismo que mudaba en sagrado, en otra existencia incluso.

Escribe Michieli que la belleza misteriosa de un blanco horizonte no depende de su estética, ni de su potencia, sino de las innumerables historias que en él suceden y que nos alcanzan. Kant habló de la contemplación de lo sublime. En los desiertos, océanos y cielos (pero también en tempestades, iras volcánicas o inmensas cascadas), el hombre, empequeñecido, siente no obstante que la potencia del alma sale de su ordinaria medianía. Uno se reconoce pequeño frente a la naturaleza, pero también, en su magma interior, eleva su espíritu.

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