Contra el olvido

La policía de la memoria | Crítica

Yoko Ogawa reflexiona sobre los recuerdos que nos constituyen en su novela 'La policía de la memoria'

La escritora japonesa Yoko Ogawa (prefectura de Okayama, 1962).
La escritora japonesa Yoko Ogawa (prefectura de Okayama, 1962).
Luis Manuel Ruiz

02 de mayo 2021 - 06:20

La ficha

La policía de la memoria. Yoko Ogawa. Traducción de Juan Francisco González Sánchez. Tusquets, 2021. 390 páginas. 20 euros

El término distopía ha adquirido recientemente una popularidad a la que no es ajena la televisión. Proliferan las series en las que el futuro, más negro que nunca, es arrasado sin contemplaciones por el cambio climático, la consunción del petróleo, las ideologías totalitarias, los experimentos genéticos, el largo etcétera que viene detrás. En un principio de siglo como el nuestro, que equivale al final de todos los demás, con el conjunto de certezas que hasta ahora nos sostenía saldado en el mercado bursátil y una sucesión de cambios sísmicos en el horizonte, la literatura que explota la incertidumbre y el miedo está más de moda que nunca. Orwell, Huxley y Bradbury eran los referentes canónicos hasta ahora, a los que se ha sumado recientemente Margaret Atwood, pero basta con acercarse a cualquier canal especializado o asomarse a las estanterías de ficción especulativa para constatar que la progenie en que se perpetúan es amplia y robusta.

Los publicistas que se dedican a vender La policía de la memoria, el último título de Yoko Ogawa, quieren colocarle un cascabel declarando que pertenece también a la misma corriente, y al hacerlo probablemente comenten un error. Se puede admitir, sí, que la novela sea hasta cierto punto catalogada como tal; si no fuera porque el marchamo corre el riesgo de ahogar su propia originalidad y lo mucho que de insólito tiene que ofrecer al lector.

Para empezar, se trata de una novela típica de Ogawa, en absoluto desconocida para los ojeadores entrenados. Japonesa de 1962, es autora de unos poderosos relatos que, sin entrar a valorar del todo las implicaciones del adjetivo, aceptan con comodidad la calificación de extraños. Centrada en la atmósfera, entre onírica y grotesca, en que se mueven sus personajes, y en la atención patológica al detalle que denota la obsesión, la autora es conocida en España a través de varias de sus excelentes novelas previas publicadas por Funambulista, entre otras El embarazo de mi hermana (2006) y La fórmula preferida del profesor (2008). Un universo intimista, microscópico, hecho de gestos minúsculos y frases amplias, nos presenta situaciones que uno nunca sabe cómo van a acabar, y en las que el mantenimiento de la acción importa menos que los pormenores que la acompañan. Todo esto, que resultará obvio a quien haya visitado los dos títulos que menciono, vale de modo idéntico para La policía de la memoria.

Portada del libro.
Portada del libro.

¿Distopía? Tal vez, pero no todo y no sólo. De aceptar el término, nos encontraríamos frente a una distopía bastante inusual, que no transcurre en ningún futuro, próximo o lejano, y, sobre todo, que se despreocupa olímpicamente de las implicaciones políticas de lo que relata. No hay denuncia aquí, no hay protesta ni lamento, nada del temor al porvenir al que nos encaminamos ni del grito por detener la marcha. El estado dictatorial que Ogawa imagina parece más bien una excusa o telón de fondo que el objeto real de sus disquisiciones: menos una profecía que una ilustración suplementaria de lo que realmente le ocupa, que son las imágenes de la aniquilación. Pues de eso se trata en primer lugar, de imágenes: las imágenes del mundo que son piezas que se atesoran en las vitrinas de nuestra memoria. En uno de los momentos climáticos de la novela, la protagonista, escritora, enfrentada al olvido devastador de lo que significa escribir, trata de retomar el hilo de su inspiración colocando frente a sí viejos objetos que pertenecieron a su madre y esforzándose por recuperar los timbres o aromas que despiertan en su mente dormida. Para poder ser, cada uno de nosotros necesita rememorar quién o qué es, acogerse a las ropas y los utensilios y las fotografías que nos sirven de espejo: a la inevitable magdalena de Proust.

¿Distopía? Puede ser, pero no todo y no sólo. No hay denuncia aquí, protesta ni lamento

La acción de La policía de la memoria, que remite más a Kafka que a Orwell, tiene lugar en una isla indefinida de un mar sin nombre, en una época que no figura en ninguna cronología. Sin que sepamos por qué, sus habitantes sufren la pérdida periódica de componentes de sus vidas, lo que ellos llaman ausencias, y que de la noche a la mañana les dejan sin la posibilidad de reconocer pájaros, caramelos, rosas, barcos o libros. La protagonista, cuyo nombre también ignoramos, ha heredado de su madre algunos de esos objetos prohibidos que prometen traerle ondas del pasado, siempre a escondidas de la temible policía de la memoria, para quien el olvido es una obligación del bienestar social. La trama se complica luego con personajes laterales que han de esconderse en refugios o registros policiales a traición, o con la introducción, en forma de subtrama, de la novela que la protagonista escribe a su vez, cuyo interés rebasa en ocasiones al de la propia historia principal, y en la que una estudiante de mecanografía arrostra el misterioso hechizo a que la somete su profesor.

Metáfora detallada y preciosista de la alienación, del Alzheimer, de la deshumanización progresiva de la sociedad, del triunfo postrero de la muerte, La policía de la memoria trasciende con creces el marco del género, de cualquier género, y nos coloca, con crudeza y lirismo, ante una verdad fundamental que jamás debemos soslayar: que no somos sino los recuerdos que nos constituyen, el frágil álbum de paisajes y rostros que el tiempo va desmoronando inevitablemente en su avance.

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