El derbi sevillano · la crónica

Beñat entroniza al Betis (1-2)

  • Los verdiblancos acaban con el dominio del Sevilla en la rivalidad local gracias a dos tantos, el segundo magistral, de falta. Los hombres de Mel dominaron el juego pese al gol inicial blanco.

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El Betis asaltó ayer el Ramón Sánchez-Pizjuán y cambió el registro en el fútbol sevillano después de mucho tiempo. Los verdiblancos fueron justos vencedores de un partido que se decidió en dos acciones a balón parado magistralmente ejecutadas por Beñat. El vasco, de cualquier forma, se encargó de poner la justicia para un equipo que ayer fue muy superior en todos los aspectos a un Sevilla que ni siquiera fue capaz de aprovechar la ventaja que siempre supone ponerse por delante en los albores del encuentro. Al contrario, el equipo de Mel siempre llevó el mando del encuentro por mucho que tardara en plasmarlo en el marcador hasta el tiempo de prolongación que decretó Delgado Ferreiro.

Fue así, de cualquier manera, porque los verdiblancos no supieron elegir las mejores opciones de tres cuartos de campo hacia adelante, porque no tuvieron la paciencia necesaria para aprovechar los huecos que les brindaba el eterno rival y también porque las ocasiones de gol tampoco aparecieron en exceso. Pero el dominio, el control del juego, siempre correspondía a los béticos y de no producirse un accidente en una acción puntual del partido era evidente que el triunfo debía caer de su lado.

Y éste iba a llegar justo en el momento en el que más gusto da, cuando ya no existía tiempo para que nada cambiara, y desde las botas del hombre que se iba a convertir en el dueño de los derbis de este curso. Fue el centrocampista vasco Beñat el encargado de ganarse un lugar en el Olimpo verdiblanco, pues no sólo marcó el gol de la primera vuelta, sino que también fue el autor de los dos tantos que dieron la victoria a los suyos en el Sánchez-Pizjuán. Lo consiguió, además, con un verdadero catálogo de lanzamientos de faltas en el borde del área que hubieran firmado los mejores especialistas mundiales en la materia. Si en el 1-1 de la ida optaba por golpear por encima de la barrera a las cercanías de la escuadra, esta vez iba a variar el repertorio. Primero lo hizo al borde del descanso cuando Medel derribó con escasa cabeza a Santa Cruz. Javi Varas temía otra vez que superara su parapeto y dio un pasito hacia el centro para desnudar el lado que él debía defender. Por ahí la coló Beñat con un disparo preciso y ajustado que tocó en el poste.

Mas no había acabado ahí el festival de Beñat. Cuando el tiempo ya estaba prácticamente cumplido fue Fernando Navarro quien hizo falta esta vez sobre Jonathan Pereira. Igual de justa que la primera de Medel, Beñat tuvo tiempo para pensar, para calibrar las distancias, y apostó por la sutileza. "Estoy en el borde del área, me temen y van a saltar de manera colectiva", debió pensar el vasco. Solución, disparo sutil, colocado, raso, por debajo de esa nube de jugadores que se empeñan en defender donde no va la pelota, y el balón vuelve a tocar en el poste y entra de nuevo. Un verdadero golazo para darle lustre a ese cambio en el trono del fútbol según Sevilla. La fiesta era verdiblanca, y con toda la razón del mundo para ello.

Hasta llegar a ese punto mágico para el Betis el partido tuvo mucho de lo que ha sido la temporada para ambos equipos. Por ejemplo, el anfitrión volvió a evidenciar que tiene mejores jugadores, al menos en teoría, que equipo. Los hombres de Míchel ni siquiera fueron capaces de sacar provecho a adelantarse en el marcador cuando aún ni siquiera se había empezado a sudar de verdad. Lo lograron a través de Negredo, también el goleador de la primera vuelta, pero eso no les bastó para dominar el litigio, para marcarle las distancias a su eterno rival.

Se suponía que a partir de ese 1-0 el partido debía girar hacia el bando local, hacia un Sevilla mucho más necesitado del triunfo, para sus objetivos, que no para todo lo demás, pero ahí volvió a aparecer ese equipo inconstante, incapacitado para darle al juego lo que éste le va demandando en cada momento. Incluso, si se permiten esos términos, infantil e inocente. Ni Reyes, ni Trochowski, ni Medel, incluso ni Jesús Navas, jamás elegían la mejor opción para salir con la pelota desde atrás, para aprovechar las ansias que tenía el Betis por empatar cuanto antes y los verdiblancos fueron ganando metro a metro el terreno.

Iriney le daba una lección a todos sus rivales del centro del campo, hacía las faltas en el momento justo, recuperaba el balón donde debía y poco a poco el Betis se fue adueñando de la situación. Claro que tampoco eso se plasmaba en ocasiones de gol claras, pero el mando de la situación correspondía a un equipo de Mel en el que el técnico había sorprendido con la colocación de Santa Cruz en la banda derecha para que Pozuelo acompañara a Rubén Castro en la banda del ataque. Estaba claro que el entrenador madrileño entendía que sus mejores delanteros eran los bajitos, pero había que defender también a balón parado y para eso sí necesitaba a un Santa Cruz que se sacrificó en todo momento en una posición que no es la suya.

Así fue desarrollándose el juego hasta que llegó la primera falta lanzada a gol por Beñat. Tras el intermedio, muy poco cambió a pesar de que Míchel trató de equilibrar el centro del campo con Reyes por dentro y Manu del Moral. Pero el Sevilla, ya sin ventaja en el marcador, no fue capaz de coger el mando, tampoco lo hizo con Rakitic. Todo era más apariencia que realidad, acaso alguna opción en centros que pudieron ser rematados y no lo llegaron a ser. El Betis sí amagó en varias contras que no llegó a resolver, sobre todo por el exceso de egoísmo de Rubén Castro en algunas ocasiones en las que pudo buscar mejores vías en sus compañeros.

Pero el fútbol sí iba a ser justo esta vez con quien más se lo había merecido y le dio de nuevo a Beñat la oportunidad de entronizar al Betis como nuevo rey de la eterna rivalidad sevillana. Lo consiguió con un golazo de falta y los verdiblancos tienen motivos para lucir una sonrisa de oreja a oreja. Se lo merecieron. 

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