Uno es peor que tres, pero mejor que cero (2-2)

Betis-atlético de madrid · la crónica

El Betis le dio la vuelta en dos minutos a un partido ante el Atlético que ya parecía perdido. Falcao, fuera de tiempo, impidió una fiesta completa.

Los jugadores del Betis forman una piña para festejar el gol de la remontada, de Pereira. / Antonio Pizarro
Los jugadores del Betis forman una piña para festejar el gol de la remontada, de Pereira. / Antonio Pizarro
Francisco José Ortega, Sevilla

29 de abril 2012 - 21:42

El fútbol no es un axioma, ni muchísimo menos, y muchas veces resulta harto complicado hallarle unas explicaciones lógicas. El Betis-Atlético de Madrid de ayer podría figurar, sin duda, en una videoteca para explicar esa locura, bendita a veces, malditas otras, porque fue un partido increíble que pasó de un extremo a otro de manera inopinada y que luego volvió sobre sus pasos para concluir en un equilibrio que tal vez no llegara a satisfacer del todo a ninguno de los dos oponentes.

Porque el Betis pasó de la sima a la cima en sólo un par de minutos, los que van del 86 al 88 del partido, y estuvo a punto de vivir una nueva fiesta grande, igual de grande o más que la que ya disfrutara con los dos goles de Rubén Castro con motivo de la visita del Valencia. Pero el horrible Teixeira Vitienes, en este caso José Antonio, prolongó para otorgarle una última oportunidad al Atlético y ésta no pudo ser peor defendida por los anfitriones. Tanto que Falcao, tal vez el mejor cabeceador de la Liga, puso su cabeza casi sin creérselo completamente en solitario en el área chica. Ahí se esfumó un premio que tal vez hubiera sido exagerado, cierto es, pero que ya estaba prácticamente registrado en todas las clasificaciones de las diferentes páginas web y hasta de los teletextos.

Que no hubiera sido justo, pues puede ser, pero a ver quién es el encargado de pasear la varita de medir en este deporte capaz de deparar locuras como la vivida ayer en el Benito Villamarín. Porque el partido vivió tramos completamente dispares tanto en un sentido como en otro. Para empezar, tal vez por los mensajes que se lanzan a la hora de confeccionar las alineaciones la primera parte de los locales no fue digna de ser archivada para nada y bien agradecería un poquito de amnesia por parte de todos los fieles de la causa verdiblanca. Cierto que Mel tenía motivos para reservar a Beñat, pues todos coinciden en el interior y en el entorno del Betis en que el centrocampista vasco parece incapaz de aguantar dos esfuerzos seguidos en el periodo de una semana. El problema fue que el equipo se quedó sin el faro que lo ilumina y casi jugó con dos menos en el primer periodo, dado la parsimonia con la que se emplearon tanto Matilla como Salva Sevilla, los encargados de dirigir el juego desde el eje.

El resultado fue un Betis sin capacidad para sorprender, para transportar rápido el balón hacia sus puntas, que es lo que mejor sabe hacer en este curso. Si encima tampoco muestra fortaleza atrás, pues no fue raro que el Atlético se fuera viniendo arriba y viviera mucho más cerca de Fabricio que de Courtois. Por ahí llegaron las primeras aproximaciones de los visitantes, las más claras en un gol bien anulado a Adrián cuando llegaba Falcao en mejor posición, y en un disparo del propio Adrián que sacó Fabricio con los pies después de una cadena de fallos de los verdiblancos. Si se repasa la libreta de anotaciones, en el haber de los locales sólo aparecería, en cambio, un intento de llegada de Rubén Castro en el minuto 38 que acabó con un mal disparo de Jefferson Montero, poco más.

Pero Pepe Mel, que había apostado por concederle una nueva oportunidad a Matilla y Salva Sevilla, se cansó en el intermedio y vio claro que aquello necesitaba una chispa para provocar la combustión. El técnico prefirió correr riesgos con Beñat, es decir, que el esfuerzo lo realizara tras el intermedio, y después también sacó a Jonathan Pereira. Ambos reemplazaban a dos compañeros con una aportación prácticamente inexistente en el día de ayer, pero lo hacían, de manera paradójica, cuando se produjo la cascada de llegadas de un Atlético que no sólo se adelantó en el marcador a través de Koke, sino que incluso pudo dejar sentenciado el choque con numerosas oportunidades claras para batir a Fabricio.

Pero justo después de una parada del guardameta canario del Betis a Adrián en una falta ensayada que puso de manifiesto de nuevo la pasividad de los locales, se iba a encender la traca para que el Betis demostrara que está muy vivo y que sí quería ganar este partido, como no podía ser de otra forma. Fue un contragolpe en un visto y no visto que dejó a Rubén Castro en una carrera en solitario hacia Courtois desde el medio del campo. Ahí no acertó el máximo goleador heliopolitano, pero a partir de ese momento cada vez iba a ser más evidente que aquello podía acabar de cualquier forma.

El Betis olió sangre, percibió que el adversario llegaba con el depósito de combustible muy mermado y le metió más ritmo al juego. Sí, concedía también opciones atrás, pero era capaz de provocar cosas cada vez que se acercaba hasta el área de Courtois. Ya hubo un error previo del guardameta belga que no halló ningún rematador en esa fase en la que el partido se había convertido en un ir y venir sin medida del riesgo por parte de nadie.

Fue el aviso de lo que estaba por llegar, de esa apoteosis inconclusa por parte de un Betis al que le bastó con sólo dos minutos para darle la vuelta al marcador y ponerlo de su lado. Los actores fueron siempre más o menos los mismos, es decir, Rubén Castro, Pozuelo y Jonathan Pereira, tres futbolistas que sí tienen velocidad y que supieron dotar de vértigo a ese final tan bonito para el espectador neutral que sólo quiere gozar del deporte fútbol.

Sin embargo, en pleno éxtasis de un Benito Villamarín que se frotaba los ojos ante lo que estaba viendo, y disfrutando, Teixeira Vitienes se empeñó en prolongar aquello más de la cuenta, un error más de los muchos que cometió, y el Betis dejó escapar dos tercios del botín que ya había metido en su arcano, término apropiado en este caso por la manera en la que llegó hasta él. Por mucho que ya estuviera fuera de tiempo, ¿cómo puede rematar tan solo Falcao ahí? Esa locura, está claro, igual te da que te lo puede quitar. Aunque uno es peor que tres, pero es mejor que cero.

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