España

Fernando Simón. El narrador que soñó con otro virus

  • El experto en gestión de alertas sanitarias sufre la larga exposición del cargo de portavoz de la pandemia

Fernando Simón. Fernando Simón.

Fernando Simón. / Rosell

Sólo un fenómeno soporta el foco diario de una cámara de televisión. Fernando Simón, que es médico y ejerce la epidemiología, no es un fenómeno, algo que probablemente él también sepa. Matías Prats representa el tipo de monstruo televisivo, igual que lo hace Ana Rosa Quintana. Simón acaso no pase para muchos de ser el monstruo de las galletas, una marioneta que se traga ruedas de molino como si nada. Para los otros, en cambio, Simón ha sido un ser blando, peludo y genuino, una especie de Platero que serigrafiarse en la camiseta para bajarse al chiringuito de una playa del Algarve. Negro y blanco, un clásico. A cuento de Simón han enarbolado banderas esas dos Españas que se desprecian desde cada vez más lejos.

Con semblante de faquir y voz de catarro crónico, Simón (Zaragoza, 1963), el narrador oficial de la pandemia, ha terminado por sucumbir al peso de más de un centenar de comparecencias, de la frustración reinante y aplicando los mismos principios de comunicación que una vez, hace años, lo elevaron a la celebridad.

El caso del ébola, 2014. Simón salta a los focos desde el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, el Ccaes, un organismo adscrito al Ministerio de Sanidad a cuya dirección llegó en 2012 y a la que llaman para el papel de salvavidas de la entonces ministra, Ana Mato. El ébola había llegado hospedado en dos misioneros repatriados por la emergencia. Una auxiliar de enfermería se infecta. La alerta sanitaria desemboca en una alarma de comunicación, que urge eficaz y efectiva. Y he ahí que llega Simón. Y vio la opinión pública que lo hecho era bueno. Todo son elogios, los medios están rendidos, es la novedad de una crisis que dura un mes. No da tiempo para que los focos se calienten.

Hasta los andares se alababan entonces de Simón. La enumeración de loas no cabría en una página. El catedrático de la Universidad de La Laguna, Basilio Valladares, subrayando la sencillez y humildad de su espíritu, su aire de científico a una musaraña pegado, su aura de sosiego y levedad, celebró del regreso de Simón a la palestra lo "tremendamente preparado" que estaba para asumir la voz de una emergencia que ha desembocado en la colisión de un asteroide.

Era el 1 de febrero de 2020. Un día antes del elogio, por entonces reiterativo, Simón declaró: "Se ha creado un temor infundado". Italia comunicó aquel día los dos primeros casos. "El riesgo está perfectamente delimitado", llegó a decir el 29 de febrero. Y el asteroide acercándose por la órbita de Plutón. Todavía era admirada la claridad del mensaje, la concisión para el titular. Que fueran errores sería el inconveniente. Entonces todo hizo crac.

Simón no era ya el mismo. En los primeros días de alarma, aún subía resuelto al atril. Eran los días del pelo alborotado y la barba de dos días. Los esfuerzos de divulgación científica fueron no obstante enormes. Las primeras ruedas de prensa fueron clases magistrales de divulgación científica: un caso es esto, una curva es aquello y en la gráfica se observa cómo este pico desemboca en un caos hospitalario y al final en muertes. Avisaba entre líneas, aunque el susurro sonara contradictorio, a veces chirriante: de adulto a niños, de igual a igual, de mortal a héroes, todo en una misma comparecencia.

En aquel contexto se abrió la falla, aquel "no le diría a mi hijo que no fuera a la manifestación" del 8-M. La sinceridad, probablemente un alarde de naturalidad, lo mató como hizo el alacrán sobre la rana. La placa tectónica ideológica acababa de encontrar la ola de convección apropiada. Los unos cayeron en el fervor y los otros en la bilis. El guión seguía el curso, pero no era el guión que había soñado Simón.

Simón quedó marcado hace mucho, aunque su figura siga siendo útil al Gobierno, que hasta ahora lo ha protegido. Los fluorescentes queman, más aún si la mascarilla se convierte en un bien de primera necesidad de la noche a la mañana. Su figura, aunque mejorada la fotogenia, ha caído en desgracia conforme se ha revelado patente su carácter dual de técnico y político. "Quizá haya pecado de optimista", ha reconocido.

Sigue siendo acusado de cínico y quien condesciende con su papel dual ya no discute. Sólo él ha argumentado alguna vez con que en la ciencia no hay "bolas de cristal" sino evidencias que, en efecto, han ido oscilando. Las cosas de una pandemia en directo. Ha entonado el mea culpa, igual que una significativa parte de la comunidad científica. Ya da igual. Sin crédito y cansado, cada vez menos medios atienden sus comparecencias. Nadie lee ni los titulares más volanderos, que es a lo máximo a lo que ha llegado su público, nada menos que una sociedad en colapso.

En los bares nadie habla ya de Simón, quien pasó el Covid-19 y contó, pasada la cuarentena, que había "dormido mucho". Quizá soñara con lo bien que funcionó cuando el ébola, al revés que ahora, pese a usar los mismos principios de comunicación. Tal vez, en aquellos sueños, se detuviera en Thomas Kuhn, el horno del paradigma y las revoluciones científicas. Porque ya es tendencia: aceptar que el mayor error ha sido afrontar la pandemia con las herramientas de otro momento, de otro virus y de otras crisis.

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