Adolfo González

Comer de la Historia

  • Es un intelectual con experiencia en los pasillos de la política que sonaba para secretario de Estado cuando acabó pidiendo la baja en el PP, el partido que sigue defendiendo. Vive la vida con pasión y vehemencia

Ilustración de Adolfo González Ilustración de Adolfo González

Ilustración de Adolfo González / Rosell

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EN un mundo de la política con superpoblación de pájaros de gran buche, dispuestos a tragar de todo a todas horas, hay ocasiones en las que uno se topa con quienes entonan el hasta aquí hemos llegado, el ya estoy yo en mi casa y el lunes vuelvo al ejercicio de mi profesión. Una mañana de octubre de 2011, cuando España se preparaba para las elecciones del 20-N que supusieron el final del zapaterismo, el profesor Adolfo Luis González Rodríguez (Sevilla, 1951) acudió a pie a la sede del PP y se dio de baja del partido después de dos legislaturas como combativo diputado en asuntos de Educación. Se hartó de las triquiñuelas, las poses y los bandazos de una política de pasillos (y cloacas) donde los intelectuales de verdad –no nos engañemos– hace tiempo que tienen poco sitio. El problema es que muchos profesores de la Universidad –orillada la docencia, la investigación y la creación de escuela– flirtean cada vez más con una política ayuna de vocación y secuestrada por los aparatos.

Hoy son los profesores los que buscan a los políticos para hacer carrera, cuando sería deseable que la Universidad fuera una suerte de faro de prestigio y laboratorio de ideas para políticos perdidos. El proceso se ha invertido peligrosamente. Política y Universidad han caído bastante bajo. Por eso, quizás, se entienden ambos mundillos cada vez con más fluidez (o descaro).

El americanista González cerró aquella mañana una etapa de su vida con una facilidad insólita. Sin hacer ruido. Había entrado en política por Soledad Becerril, tras compartir un café en el Alfonso XIII. Ella era su modelo en el ejercicio de la función pública. Y cuando todo apuntaba a que repetiría un período más, con el PP ya en el Gobierno, se cansó de esperar la confirmación de su continuidad. Cuando el entonces todopoderoso Arenas lo llamó, fue para rebajarle en la lista hasta un puesto que no le garantizaba el acta de diputado después de ocho años de duras refriegas en los plenos y comisiones del Congreso a cuenta del Plan Bolonia y de la reforma de la LOU. Cuentan que mientras charlaba con Arenas se oía a alguien friendo huevos, el chisporroteo de las puntillas de las claras crepitando en el aceite hirviendo... Toda una metáfora. En ese momento tuvo claro que se daría de baja del PP, el partido que hoy sigue defendiendo y con el que se sigue identificando, según se deduce de sus opiniones en las redes sociales.

No quiso esperar, no supo aguantar los chanchullos y tejemanejes. Tal vez pensaba que para eso están los profesionales del carnet del partido, los que viven de la política, los jóvenes criados en las Nuevas Generaciones, los que no tienen despacho al que regresar. A Fito lo buscaron en su día para la política tanto los del PSOE como los del PP. Generó interés en ambos bandos, fruto de sus años como vicerrector de Relaciones Institucionales y Extensión Cultural de la Universidad de Sevilla.

Hay quien decía que su presencia en los medios de comunicación en esos años felices en el Vicerrectorado era mayor que la de la duquesa de Alba. Siempre ha sido un trabajador infatigable y un animal social. Para los políticos de medio pelo fue una amenaza, pero en la inmensa mayoría de los sectores de la sociedad resultaba simpático y, sobre todo, un tipo interesante. Cuando menos, nada aburrido. Atesora kilos y kilos de sentido del humor y cien gramos bien despachados de colmillo cuando la ocasión lo requiere.

Se casó en la trianera iglesia de Santa Ana. En su familia hubo quien se alegró de que los novios no eligieran la fría parroquia de Los Remedios, el barrio donde reside. Uno de los invitados a la ceremonia preguntó:“¿Qué es el novio?” Le respondieron: “Es profesor de Historia de América”. Y replicó el interlocutor: “¿Y de eso se come?”.

Hay quien sostiene que González parece más un profesor de Derecho de los años 50 que un docente de Historia de la primera década del siglo XXI. Hubo días en los que cruzaba los pasillos de la Facultad vestido con un traje Príncipe de Gales. Su estética contrastaba con unas paredes marcadas aquellos años por los panfletos contra la Guerra de Irak.

Sonado fue cuando González citó a capítulo en su despacho a un joven claustral de Derecho en el año 1998. El vicerrector pidió explicaciones por las quejas que recibió del rector sobre unos carteles “obscenos” de un ciclo de cine universitario. González miró al claustral, procedente de la cantera del Servicio de Asistencia Religiosa Universitaria (Sarus) que dirigía el hoy obispo Juan del Río, y le espetó: “¡Pero si yo soy de los vuestros! ¡La que me habéis liado!”. El claustral, que hoy ejerce un cargo público en la ciudad, le contestó taurinamente: “Claro, pero las cornadas peores son las de los propios, don Adolfo”.

La vida son recuerdos de los años dedicados a una tesina titulada La encomienda en Popayán y de una tesis sobre La encomienda en Tucumán. Son evocaciones del servicio militar en Aviación, cuando daba clases en el colegio de Tablada. Fue profesor ayudante antes de ganar su oposición como profesor titular de la Hispalense. Ha asistido a varios congresos en España y el extranjero. Ha ejercido de vicepresidente en el Congreso Internacional de Historia de América celebrado en Sevilla en 2006. Ha publicado una obra sobre Juan Domingo Perón y numerosos artículos en revistas especializadas españolas y extranjeras. Es un estudioso de la Constitución de los Estados Unidos y de la de la Cuba castrista.

La vida es lucir tipo de nadador en la piscina del Círculo de Labradores, y un bigote atusado como un galán del cine mudo y la socarronería del que está ya curado de espanto. Y, por supuesto, la vida son los Martes Santos de nazareno en Santa Cruz, la cofradía de sus padres, aquellos tinerfeños que se afincaron en Sevilla en los años cuarenta y se integraron a la perfección en la ciudad. Siempre presume de su familia canaria y de que el estadio Heliodoro Rodríguez López está dedicado a su abuelo.

Alejado de la militancia política, pero no peleado con ella. Ahora colabora con el Consejo de Ciudad del candidato a la Alcaldía del PP, Beltrán Pérez. Participa en los encuentro de pensamiento para Laicos del Arzobispado y gracias al CEU no pierde el contacto con la docencia.

Fito es un tipo vehemente, fogoso en la expresión, que vive la vida con pasión, que protagoniza encendidas defensas de sus amigos si es preciso a riesgo de perder la simpatía de su interlocutor. Perfeccionista en el juicio. Expansivo en sus ideas. No se guarda un gato en la barriga. Hace mucho tiempo que dejó de fumar y de beber alcohol, acaso una muy esporádica copa de champán francés. Es habitual verle por el centro con ropa colorista y juvenil, con camisas de buena calidad, que siempre luce con el cuello muy abierto, con ese estilo de su querida Marbella que deja ver el perfil de guaperas y deportista que siempre ha caracterizado a este narciso. En su casa de la Costa de Sol ejerce de anfitrión de cenas meticulosamente preparadas. Yen las que cuentan que se comen exquisiteces. De la Historia se come. Y sigue comiendo. Y platos muy elaborados. No sólo huevos fritos...

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