Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
Luis Planas
Ex embajador de España en Marruecos y ante la Unión Europea
Las movilizaciones sociales y las transformaciones políticas que se han producido en buen número de países del norte de África son uno de los acontecimientos más relevantes acaecidos en el mundo en 2011.
Lo que se inició por una protesta solidaria tras la inmolación de un humilde vendedor callejero, Mohamed Boazzizi en Túnez pasó en pocas semanas a convertirse en una marea humana, que se llevó por delante a los regímenes de Túnez, Egipto y Libia, que continúa en Siria, y que se extendió incluso a Yemen en la península arábiga. Cuanto ha ocurrido en esos países ha dejado una profunda huella en todo el mundo árabe, inclusive donde las manifestaciones de cambio han sido más limitadas. Un claro exponente diplomático de ello es el cambio de orientación de la Liga Árabe, ya visible durante la guerra en Libia, y que ahora es aún más evidente, en relación con la actitud represora hacia la oposición del régimen sirio.
En ese contexto, ha sido motivo de atención la singularidad con la que los acontecimientos del exterior se han vivido en Marruecos. Las cosas han ido sucediendo paso a paso, de acuerdo con un proceso democrático singular, que ha llevado al poder a una coalición liderada por el islamista moderado PJD (Partido Justicia y Desarrollo), con el nuevo Primer Ministro Abdelila Benkirane, a su cabeza.
2011 ha sido un año fecundo en sucesos, entre los cuales cabe señalar los siguientes. En primer lugar, la aparición del movimiento 20 de Febrero, que, inicialmente de corte laico y progresista en reclamo de cambios democráticos, pero cada vez más apoyado en sus movilizaciones por los islamistas de Justicia y Caridad, ha ido perdiendo respaldo popular con el paso del tiempo. En segundo lugar, el atentado terrorista de Marrakech en mayo, que supuso un aldabonazo y un recordatorio de la beligerancia del extremismo, contra los procesos democráticos. En tercer lugar, la aprobación en julio de la reforma constitucional, que amplia el catálogo de derechos y libertades de los ciudadanos, refuerza la figura del Presidente del Gobierno y su extracción parlamentaria, y limita los poderes del Jefe del Estado con respecto al pasado. Y finalmente, las ya citadas elecciones parlamentarias del 25 de noviembre con una amplia victoria del PJD.
Marruecos ha seguido su propio camino en el proceso de cambio social y político. Es importante señalar que la vía marroquí hacia la democracia (que no podría entenderse sin tener en cuenta el modelo de pluralismo político instalado ya en los primeros años de la independencia) se inició tiempo atrás, en las postrimerías del reinado de Hassan II, siendo pilotada por el Rey Mohamed VI en estos últimos doce años con una orientación pragmática, mejor entendida por la opinión pública marroquí, que por muchos observadores exteriores.
En efecto, buena parte de lo ocurrido en Marruecos, no tiene explicación plausible si no se parte de la existencia de una sociedad civil muy desarrollada -a diferencia de otros países del entorno geográfico-, que a su vez está presente en un desarrollo económico creciente, que ha ido consolidando una clase media en los núcleos urbanos, sin la cual no puede entenderse lo ocurrido en los últimos meses en nuestro vecino de la orilla sur del Mediterráneo.
Asimismo, es preciso destacar la importancia que ha tenido para la credibilidad de la vía marroquí hacia la democracia el proceso de examen del pasado reciente llevado a cabo por la instancia Equidad y Reconciliación, y que ha supuesto un repaso público a las violaciones de los derechos humanos y a los excesos gubernativos ocurridos durante el reinado de Hassan II. Sin suponer una censura política o penal explicita, el trabajo de revisión realizado ha permitido el recuerdo de tales hechos, su censura pública y las reparaciones individuales, poniendo las bases de un proceso de reconciliación nacional que está contribuyendo a fortalecer los cambios democráticos en curso.
Las transformaciones políticas están siendo más lentas, aunque todas ellas en la dirección positiva que ha llevado a las últimas elecciones. Esas transformaciones pueden verse como el resultado de un proceso gradual de cambio, iniciado en la etapa del primer ministro socialista Abderraman Youssoufi (UFSP), que abrió unas expectativas de cambio rápido, sobre todo en el orden social, que no llegaron a concretarse. Continuó luego con el gobierno de Driss Jetou (independiente), muy eficaz en lo económico, pero con limitados avances en lo político, y con el gobierno del nacionalista Abas El Fassi (Istqlal), que puede considerarse como de estabilidad y transición, cuyo principal logro fue la aprobación del Estatuto Avanzado en la relación de Marruecos con la UE. Las elecciones del pasado noviembre culminan el proceso (aún en marcha) con la consolidación de una nueva mayoría (liderada por los islamistas moderados del PJD), que abren sin duda una nueva etapa. Es evidente que la primavera árabe, de la cual puede considerarse antecedente a Marruecos, ha jugado también un papel determinante en la aceleración de los acontecimientos en los últimos meses en este país.
Si el desarrollo de las elecciones de 2007 fue, sin duda, trasparente, la baja participación (37%) evidenció un claro desapego hacia la clase política. En las pasadas elecciones, el superior índice de participación (45%), sin ser espectacular, ha mostrado un mayor interés en los asuntos públicos, tras una reforma constitucional, que hace aún más relevantes sus resultados. Ahora, el nuevo gobierno (coalición de PJD, Istiqlal, MP y PPS) tiene ante sí la difícil tarea de darle sentido al voto popular, y hacer visible su modo de hacer las cosas, acercándose a los ciudadanos. Aun queda un importante camino por recorrer en muchos ámbitos, en particular en la puesta al día de los servicios públicos y de la administración, sobre todo en el ámbito de la justicia.
Los avances económicos de Marruecos en los últimos años se han basado en una política macroeconómica estable, con una apertura comercial creciente, de la que son buena muestra el citado acuerdo de asociación con la Unión Europea, el de librecambio con los EE.UU., o el acuerdo comercial de Agadir, que le han permitido tejer una red de intereses y socios muy amplia, tanto en el mundo occidental, como en el seno del mundo árabe. Los índices de crecimiento económico global, y en términos de renta per cápita, han sido significativos. El crecimiento del PIB industrial y de servicios ha sido superior a un 3% anual e los últimos años, a pesar del evidente peso que la agricultura y la pesca, en términos económicos, pero también de empleo, continúan teniendo en la economía marroquí.
Desde un punto de vista social, a pesar de ese crecimiento económico, la edad media de la población marroquí no ha permitido que el nuevo empleo creciera al mismo ritmo que la evolución demográfica, conduciendo a un descontento juvenil y a una presión migratoria, que sólo el control de fronteras ha conseguido limitar. La carestía de la vida ha sido mitigada mediante la subvención de los productos básicos, lo que ha limitado el malestar, pero incrementado la factura presupuestaria, en uno de los temas más delicados para el futuro gobierno.
Esta perspectiva no sería completa sin destacar el activísimo papel de la mujer en la vida social, desde las tareas más duras en las zonas rurales a la presencia profesional en la administración pública y en el sector privado. Su presencia dinámica es un factor de modernidad y de garantía en el desarrollo futuro de Marruecos.
Pero la singularidad marroquí no tendría una explicación completa en términos estratégicos, sin hacer mención a la vinculación con Europa. De los tres ejes permanentes de la política exterior marroquí (Europa, África y el Mundo Árabe), el de la UE ha sido el claramente predominante. El primer acuerdo comercial europeo con Marruecos data de 1969 (un año anterior al primero de España). La proximidad geográfica, la activa presencia de una comunidad marroquí en Europa, pero sobre todo la voluntad política al sur del estrecho, han sido siempre la de reforzar los vínculos políticos y económicos con la UE.
Desde la frustrada petición de adhesión a la UE planteada por Hassan II, al reciente Estatuto Avanzado, todo apunta en la dirección de una intensificación de las relaciones de Marruecos con la UE a través de sus socios más cercanos España y Francia. Y esta orientación lo es también de carácter societario, mirando desde África a Europa como modelo, pero preservando sus raíces religiosas basadas en el Islam, y las culturales de la mezcla de las identidades árabe y bereber.
No cabría concluir este panorama sin hacer una referencia al tema del Sahara, conflicto geopolítico regional de cuya solución depende el siempre anhelado proceso de integración en el Mahgreb. La propuesta marroquí de autonomía se sitúa en una buena dirección, que sólo una negociación y el acuerdo entre las partes podrá legitimar. Del mismo modo, la reapertura de fronteras y la normalización política entre Marruecos y Argelia, en la que se aprecian señales positivas, puede ser fundamental para el futuro del proceso de cambio en ambos países.
La singularidad de Marruecos en el proceso de apertura de la primavera árabe, no debería restar atención a su firme proceso democrático y al desarrollo económico de ese país, que merecen acompañamiento y apoyo por parte de Europa.
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