Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
UN egregio y estimado colega, dentro de una retahíla de descalificativos que escribió contra los que muchos llaman “ultraderechistas”, incluyó la expresión “joseantonianos con loden”. El pretendido denuesto, he de decirlo, me resultó grato, pues al interés que desde mi adolescencia tengo por este personaje histórico sumo la posesión, vía herencia, de un loden que todos los años saco a pasear los dos o tres días que hace en Sevilla el frío necesario para tales excesos, como otros se dan un garbeo con el antiguo descapotable de su abuelo los días radiantes de primavera. Tanto fue mi gusto por la expresión que he pensado que, si alguna vez me hago una tarjeta de visita, debajo de mi nombre haré constar “Joséantoniano con Loden”. ¿Por qué no? Otros ponen “Marqués de Villar del Peral” o “Director Comercial de Tecfrosa”, que son títulos no más honorables que el propuesto por este querido bucanero de las letras.
Ponerse un loden es revestirse al mismo tiempo de una armadura, un hábito y un disfraz. Lo primero tiene que ver con su dureza y su simbolismo; lo segundo, con la historia de la prenda, nacida en los duros inviernos de los monasterios medievales del Tirol, que vieron en esta lana de oveja afelpada e impermeable un alivio a los rigores del enclaustramiento; y lo tercero, con la evidencia de que toda prenda marcadamente demodé tiene algo de botarga y máscara. Es inevitable que el loden, hoy en día, tenga algo de esa paródica estética que Luis García Belanga inventó en Trilogía Nacional. Todo depende de cómo se lleve.
Pero no pretendo que mi revindicación del loden sea un simple alegato reaccionario para epatar a progresistas y modistos. El loden está investido de uno de los mayores valores que puede tener un objeto para las adoratrices de la Agenda 2030: la sostenibilidad. Tres generaciones somos ya las que hemos portado el verde abrigo que yo ahora paseo las tardes de enero, y no creo que el mismísimo Carlos I de Austria, IV de Hungría y III de Bohemia le hiciese ascos a vestirlo en una imperial montería. En unos momentos en los que la rotación de las colecciones de moda en las tiendas es vertiginosa, que los humanos cambian sus horribles chaquetones de plástico prácticamente todos los años y que los vertederos de ropa sintética son un auténtico problema ecológico, vestir mi loden viejo –pero en perfecto estado de revista– es un manifiesto no solo de lealtades inquebrantables, sino de amor a este hermoso planeta.
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