La calle de la Teta

El plano de Olavide.
El plano de Olavide.

12 de marzo 2026 - 05:30

JOHN GRAY no cree en el progreso acumulativo. Sí en los avances científicos y técnicos (es una evidencia), pero no en los morales. Para el gran pesimista inglés, que fue asesor de Margaret Thatcher y un enconado enemigo de la Guerra de Irak y el pensamiento neocon, el mal es algo que siempre se repite con diferentes nombres. Prueba de que el progreso es una falacia es el callejero de Sevilla. Solo tenemos que comparar el plano de Olavide, de 1771, con el actual para darnos cuenta de lo mucho que hemos degenerado en las cuestiones de nomenclatura urbana. Lo que era un listado de jugosos y jocosos nombres puestos por el uso cotidiano y la costumbre, lleno de sentido y solera, se terminó convirtiendo en una ristra insulsa de próceres que ya nadie recuerda. La revolución Francesa, ese primer ensayo general de las pesadillas contemporáneas, tuvo su impacto fatal en el callejero. La razón, como nos explicó en cierta ocasión ese verso libre de las letras sevillanas que es Reyes Pro, es que las pulcras conciencias decimonónicas hispalenses no veían con buenos ojos denominaciones como calle “sucia” (llegó a haber dieciséis) o del “burro”. Demasiada peste a Ancien Régime, con sus gusaneras barrocas, sus pelucas confitadas, sus lodazales y su “¡agua va!”. Por lo tanto, pensaron que el callejero bien podría servir para homenajear a los prohombres de la ciudad, como si fuese una Encyclopédie urbana. Pasamos así de la tosca y hermosa poesía popular a la pomposa declamación con olor y humedades de pabellón de ilustres difuntos. Terrible error.

Y todo esto viene a cuento por la iniciativa que, desde hace tiempo, lleva desarrollando Rafael Valero, entrevistado por mesié el pasado domingo, de colocar azulejos que recuerden el antiguo nombre de las calles, continuando así la labor que Sancho Corbacho inició en la meridiana del pasado siglo. Una de las próximas recuperaciones, nos dijo, será la de la Calle de la Teta (actual Espada), conocida así porque, antaño, embutido en los muros de su caserío, había un busto romano que sobresalía como un delicado recordatorio de los placeres del mundo. Todo se perdió en un derribo de los años 70. El progreso, como ven, no solo es una falacia, sino un hecho claramente antiestético. Por cierto, el azulejo lo pagará Rafael Salgueiro. Imaginamos que el gallego-hispalense pretende así homenajear a los célebres quesos de su tierra natal.

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