Crítica de Música

Comedido viaje por la Europa barroca

La flauta travesera floreció especialmente en la Alemania y la Francia de la primera mitad del siglo XVIII. Para un programa con música del XVII, Ada Pérez tiró de arreglos en una época en la que (es cierto) la tímbrica no tenía el carácter cerrado de épocas posteriores. Abrir con Fontana, quien en su única colección publicada dejó claro que las piezas eran ejecutables por cualquier instrumento melódico, pareció toda una declaración de intenciones.

La flautista española, alumna de Wilbert Hazelzet en Utrecht y residente en los Países Bajos, mostró las virtudes esenciales de la escuela holandesa: fraseo fluido, articulación variada y contrastes y ornamentación comedida. Sus maneras parecieron más cercanas a las sinuosas líneas de la música francesa que a los ritmos rectilíneos y directos de la italiana, que pudieron resultar un punto rígidos.

El holandés Tim Veldman parece seguir la senda de un ilustre compatriota (Pieter-Jan Belder) quien también compagina en la práctica magistral el clave con las flautas dulces. Como acompañante, y obviando pequeños desequilibrios en el arranque (no es fácil acomodarse en cada espacio acústico a las posibilidades de la flauta), resultó impecable; en las obras a solo destacó sobre todo en aspectos formales (extraordinaria por ejemplo la fuga de Buxtehude), pues el famoso Lamento para pasar la melancolía de Froberger resultó un tanto anodino. En los dúos de flautas, pudo más el ruiseñor de Blavet de la primera parte que la suite guerrera de la segunda. Esforzado final con una versión de extrema dificultad de las Folías de España pensadas por Marais para su viola.

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