Estévez y Paños | Crítica

Bailar el papel

Los 5 bailaores de la compañía Estévez y Paños en un instante de 'La Confluencia'.

Los 5 bailaores de la compañía Estévez y Paños en un instante de 'La Confluencia'. / Archivo Bienal de Flamenco/Claudia Ruiz Caro

Cada una de las cinco confluencias o suites que incluye la obra ofrece una agrupación de estilos flamencos y anteriores al flamenco en los que Estévez y Paños han encontrado vínculos, sean estos de tipo melódico, rítmico o meramente espiritual. No tanto coreográficos porque ciertamente de las coreografías es de lo que menos restos han quedado en nuestros días del repertorio seleccionado. Las músicas y las letras se anotaron en partituras o en otro soporte textual, pero de las coreografías apenas tenemos sino alguna somera descripción. Así que esta parte, la coreográfica, es donde el espectáculo debe recurrir a la fantasía, a la creatividad de sus responsables. Sobre la base de un profundo trabajo de investigación que agrupa, como digo, sensaciones, músicas, textos, grabaciones, fragmentos de leyes, poemas, cuadros, fotografías y demás material documental. En algunos casos el número tiene un marcado carácter narrativo como en el romance del Conde Sol donde los intérpretes incorporan a los tres personajes de la acción, el propio conde, su mujer y la frustrada novia, con enorme viveza y con una economía de medios visuales, vestuario, luces, etc, asombrosa.

En escena hay cinco bailaores que permanecen sobre las tablas durante toda la función. Es decir, bailan mucho. Y bien. Y desarrollando, cada uno, diferentes papeles, diferentes estados de ánimo, con solvencia y técnica asombrosa. En ocasiones inspirándose en coreografías populares, como en los tangos de Triana o en el romance, en otras en clásicos de este arte (no digo que Triana Pura o Tía Juana la del Pipa no lo sean) filmados en el siglo XX, como Antonio Ruiz Soler o Vicente Escudero. En otras, como digo, inspirándose en una fotografía, en un cuadro. Y otras, en fin, inspirándose en la recreación que llevan a cabo los músicos de una partitura, en las que, como digo, es la pura imaginación creadora de Estévez y Paños la que domina. Estos dos coreógrafos han visto las relaciones melódicas que existen entre las seguidillas de las alegrías y las seguidillas de Alosno, por ejemplo. O han visto relaciones, más que musicales o coreográficas, creo que de carácter, de carácter erótico, en este caso, entre la zarabanda y el tango. Nada escapa a su mirada, a su centrifugadora, ni un pregón de Machín, ni unas variaciones de Julián Arcas. Y todo lo devuelven estilizado a su forma personal. Genial, como siempre, El Falo, con esa voz que es pura liturgia. E impresionante, en la ejecución y en los arreglos, la labor de Claudio Villanueva. Un gran trabajo, muy exigente, el llevado a cabo, también, por Iván Mellén a la percusión.

Otros buscan la insparación en los lenguajes de la danza teatro contemporánea. Estévez y Paños, ponen un flamenco muy contemporáneo, el suyo, para bailar la historia y la prehistoria de este arte, dotándolas de nueva vida.

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