JUAN DIEGO FLÓREZ|CRÍTICA

El canto como supremo goce

Juan Diego Flórez y Vincenzo Escalera Juan Diego Flórez y Vincenzo Escalera

Juan Diego Flórez y Vincenzo Escalera / Telefónica

Pocos sospechábamos, hace justo veinte años, en aquel octubre de 1998, que aquel joven cantante escasamente conocido que salió a la escena del Teatro de la Maestranza como Alamar en la ópera Alahor in Granata acabaría por convertirse en todo un fenómeno de masas capaz de suscitar las más efusivas y acaloradas muestras de delirio en su rededor. Como ocurrió anoche en el mismo escenario, con un público entregado al máximo que pedía y pedía bises al astro peruano. Hasta cinco llegó a conceder, alternando arias operísticas y canciones tan populares como el Cucurrucucú paloma de Tomás Méndez, José Antonio y La flor de la canela, ambas de Chabuca Granda. Y acompañándose a sí mismo con la guitarra, para goce de los florezidos.

Fue un recital que fue creciendo en intensidad, sustentado por las innegables dotes canoras de Flórez, poseedor de una de las voces de mayor atractivo tímbrico de su cuerda. Voz de amplia proyección cuando se emite en forte, de brillantes matices y agudos refulgentes, sostenidos por un amplísimo fiato que le permite hilar las frases de un solo arco. Él sabe bien cuáles son sus puntos fuertes y procura llevar las interpretaciones a su terreno, aunque a veces ello suponga desvirtuar en parte las obras que canta. Fue el caso de Dies Bildnis, cantada con amanerada lentitud y con escasa variedad dinámica, algo que volvió a emerger en sus versiones donizettianas, en las que se echó de menos el uso de la media voz y de la voz mixta. Los agudos sonaban siempre preparados, con pausa previa que rompía la línea de canto.

Mucho mejor en el repertorio francés, sobre todo con Massenet, donde se apreció un mayor cuidado con el fraseo.

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