Fogel y el regreso de la cliometría

Historia

Jaime García Bernal

20 de diciembre 2009 - 05:00

Escapar del hambre y de la muerte prematura. 1700-2100. Robert William Fogel. Alianza. Madrid, 2009. 223 páginas. 18 euros

Como consecuencia de los rápidos avances de la economía, la estadística y las ciencias exactas, así como del desarrollo de computadoras de alta velocidad después de la Segunda Guerra Mundial, la econometría se postuló como el método científico que ofrecía más garantías para renovar la historia económica. Consistía en medir la influencia de un factor sobre la evolución de la economía de un país, comparando la trayectoria real verificada en series de datos seculares con la curva hipotética que hubiera descrito dicha economía de faltar el factor de influencia. W. R. Fogel aplicó el revolucionario método en su estudio sobre el impacto del ferrocarril en el crecimiento económico de los Estados Unidos (Baltimore, 1964; Tecnos, 1972) demostrando, contra la tesis de Rostow, que Norteamérica hubiese alcanzado un nivel similar de prosperidad sin el despliegue de la locomotora. Los resultados del trabajo fueron muy discutidos pero su estudio quedó como un hito de la moderna historia económica.

Cuarenta años después, en una coyuntura que recuerda a los años sesenta por el salto exponencial que ha supuesto el uso de las nuevas tecnologías, aplicadas esta vez al campo de la biomedicina, el ya veterano premio Nobel de economía publica un resumen de sus trabajos de la última década centrados en explicar la sinergia entre el desarrollo tecnológico y la fisiología humana. Los primeros capítulos transcriben, en realidad, las clases impartidas en el seno de las McArthur Lectures de 1996 y no será una sorpresa para el especialista encontrar sintetizada su teoría de la revolución tecno-fisio en la que el autor y su equipo llevan años trabajando. Los capítulos 4 y 5 se han escrito especialmente para este libro y abordan un asunto de plena actualidad: la sostenibilidad a medio plazo de las políticas de sanidad pública.

La batalla contra el hambre y la muerte prematura empezó a ganarse en el siglo XVIII cuando las grandes crisis agrarias y los azotes epidémicos se hicieron más esporádicos, pero hasta el siglo XX no se puede hablar de una auténtica revolución tecno-fisiológica que ha permitido alargar la vida, en condiciones más saludables que antes, una media de 30 a 40 años, un dato histórico inapelable y de tal visibilidad que aún hoy los abuelos pueden recordárselo a sus nietos con la prueba irrefutable de sus propios cuerpos, menudos y entecos, que son el mejor mapa histórico posible de la adaptación metabólica a la escasez y la desnutrición seculares.

La buena alimentación ha sido, nos recuerda Fogel, la clave de esta mutación, permitiendo cohortes generacionales que han ganado en estatura e índice de masa corporal, lo que ha significado un aumento de la energía dietética disponible para el trabajo. La eficacia termodinámica sería, en consecuencia, un indicador muy a tener en cuenta en las explicaciones sobre el crecimiento económico de los países desarrollados en los últimos siglos. Los datos biomédicos obligarían a corregir las habituales series de precios y salarios como indicadores de la tendencia de las economías y dibujarían un escenario de extrema desigualdad social para el siglo XIX, y más compensado en el siglo XX, sobre todo, si el gasto social en tecnología sanitaria que se extendió desde los años 20 del pasado siglo se contabiliza como ganancia (output) en la medida que los beneficios a largo plazo de estas políticas sociales fueron muy positivos para el progreso material de las poblaciones europeas y de sus réditos hemos vivido hasta los años setenta.

El siglo XXI ofrece, sin embargo, un panorama de mayor incertidumbre. Partiendo del hecho de que no se volverán a repetir los espectaculares promedios de aumento de la longevidad que se han dado en el siglo XX, queda por resolver si es posible conseguir un equilibrio que permita mantener la actual sinergia entre tecnología y crecimiento económico, aunque sea a un ritmo más pausado. La solución podría estar, según el historiador norteamericano, en aprovechar el potencial de los cuidados médicos que va a necesitar una sociedad con mucha población anciana como industria líder (igual que fue la química a finales del siglo XIX) capaz de estimular otros sectores como las manufacturas, la educación, los servicios financieros, las comunicaciones o la construcción, tratando, simultáneamente, de repartir la deuda entre varias generaciones para evitar que la carga de este gran esfuerzo de adaptación recaiga sobre una sola generación de trabajadores.

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