'Una mirada atrás: Giorgio Morandi y los maestros antiguos' | Exposición Giorgio Morandi, mirar intensamente

  • El Museo Guggenheim Bilbao reivindica hasta el 6 de octubre la obra atemporal del gran pintor italiano del siglo XX 

‘Naturaleza muerta’ (1956) procede de la Fundación Mattioli Rossi (Suiza). ‘Naturaleza muerta’ (1956) procede de la Fundación Mattioli Rossi (Suiza).

‘Naturaleza muerta’ (1956) procede de la Fundación Mattioli Rossi (Suiza). / Giorgio Morandi, VEGAP, Bilbao, 2019

Giorgio Morandi (1890-1964) creía que "sólo la contemplación de las obras más vitales que la pintura había producido a lo largo de siglos pasados" podría guiarle a la hora de encontrar su camino. Así lo escribió en su autobiografía y esa es la premisa de la que parte la muestra Una mirada atrás. Morandi y los maestros antiguos que el Museo Guggenheim de Bilbao ofrece hasta el 6 de octubre.

"Es el primer análisis que se centra en la relación entre las obras del artista italiano y las de los pintores que le precedieron e influyeron en su producción", explica la comisaria Petra Joos, que ha contado con la colaboración de Giovanni Casini y el asesoramiento de Vivien Greene, especialista en el arte de finales del siglo XIX y principios del XX del Guggenheim de Nueva York. El proyecto relaciona así la obra del pintor italiano más reverenciado (y enigmático) del siglo XX con la de ciertos autores de la Escuela de Bolonia, la pintura española del Siglo de Oro y el maestro francés del XVIII Jean-Baptiste Siméon Chardin. Se indaga en las lecciones que absorbió de esos maestros para componer una obra tan genuinamente personal. Hubo otras influencias que el propio artista confesó -Giotto, Masaccio, Corot o Cézanne- pero el Guggenheim apuesta por estas.

El boloñés apenas viajaba fuera de su ciudad, ni siquiera a los lugares donde exponía

Morandi nació y murió en Bolonia, donde residió toda su vida, y apenas viajaba. Ni siquiera cuando le invitaban a lugares donde se exponía su obra. Pasó los veranos y sus últimos años muy cerca de allí, en Grizzana, donde creó sus bellos paisajes de los montes Apeninos. Florencia, Milán, Padua, Roma, Venecia y Winterthur (Suiza) se cuentan entre las pocas ciudades que visitó. "Se puede viajar por el mundo y no ver nada. Para lograr entenderlo no es necesario ver muchas cosas, sino mirar intensamente lo que ves", defendía.

Esa observación cuidadosa e intensa la aplicaba a todo, desde la arquitectura de las ciudades a los objetos sencillos que acumulaba en su monacal estudio, y a los artistas que cultivaron antes que él la naturaleza muerta, como Zurbarán. "Morandi también examinó ciertos detalles de otras pinturas, como la distribución y geometría de un castillo de naipes en una escena cotidiana pintada por Chardin o la exigua presencia de unas rosas en un cuadro de gran formato del Greco", comentaba Juan Ignacio Vidarte, director general del Museo Guggenheim Bilbao, a propósito de algunas obras con las que los atemporales bodegones de Morandi, por los que es tan celebrado hoy, dialogan en esta muestra que patrocina Iberdrola.

Ante 'Naturaleza muerta', 1953-54 de la colección Augusto y Francesca Giovanardi. Ante 'Naturaleza muerta', 1953-54 de la colección Augusto y Francesca Giovanardi.

Ante 'Naturaleza muerta', 1953-54 de la colección Augusto y Francesca Giovanardi.

Aunque el erudito Morandi no conoció personalmente muchos de los cuadros que rodean a los suyos en Bilbao, los había estudiado en los libros y revistas que poblaban su biblioteca, a veces gracias a su amistad con el gran historiador del arte Roberto Longhi. También admiró la pintura española del Siglo de Oro en las muestras que organizó Longhi de la colección de Alessandro Contini.

En sus inicios Morandi, que estudió en la Academia de Bellas Artes de Bolonia de 1907 a 1913, tuvo un breve contacto con el futurismo italiano. Tras la Primera Guerra Mundial se le asoció con futuristas como Carlo Carrà y también con la turbadora pintura metafísica de Giorgio de Chirico. "A partir de ahí se embarcó en una búsqueda muy personal a través de la exploración de la naturaleza muerta pero sin caer en las trampas de la pintura de género ni en el tono moralizante de las Vanitas", apunta Joos en la primera de las salas. La Virgen con el niño Jesús y san Juan Bautista de Zurbarán, cedido por el Bellas Artes de Bilbao, una obra del Greco y un bodegón de Luis Egidio Meléndez dialogan aquí con varias series de jarrones con flores de Morandi: llaman la atención por su habilidad técnica y la materialidad que otorga a la pintura.

En los años 30 su paleta se vuelve más oscura, evocando con tonos marrones, ocres y malvas las penurias de una época marcada por la hegemonía del fascismo y el inicio de la guerra. A ese momento en el que alcanza su madurez pictórica se reserva la segunda sala, donde se cuenta su relación con la escuela boloñesa del siglo XVI y especialmente con Crespi, al que coleccionaba por su modo de reflejar escenas de la vida cotidiana.

‘Naturaleza muerta’ (1955) de la Fundación Mattioli Rossi (Suiza). ‘Naturaleza muerta’ (1955) de la Fundación Mattioli Rossi (Suiza).

‘Naturaleza muerta’ (1955) de la Fundación Mattioli Rossi (Suiza).

Pero es sobre todo la influencia de Chardin, el inventor de la naturaleza muerta moderna, la que permite ver cómo cambia su modo de componer el cuadro. Los objetos humildes, antes aislados, se solapan ahora formando bloques de colores suaves. La paleta se irá aclarando aún más en los años 50 cuando, huyendo del expresionismo y la abstracción, alumbrará esas obras de gran carga psicológica en tonos perlados que perduran con fuerza en la memoria.

Ni siquiera el cine italiano pudo resistirse a la belleza de sus imágenes aparentementes sencillas. Uno de sus bodegones aparece en una escena de La dolce vita de Fellini (1960) y Antonioni empleó otra de sus pinturas para decorar el apartamento milanés de su película La notte (1961).

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