Jardín del bien y el mal

CARA DE PAN | CRÍTICA

Sara Mesa regresa con la más perfecta de sus novelas, la historia de una amistad disfuncional que acaba de presentar en el Bookstock

La escritora Sara Mesa.
La escritora Sara Mesa. / Efe
Charo Ramos

23 de septiembre 2018 - 06:00

La ficha

'Cara de pan'. Sara Mesa. Anagrama. Barcelona, 2018. 144 páginas. 16,90 euros

A estas alturas Sara Mesa (Madrid, 1976) no necesita que la crítica pondere o exalte su nuevo libro porque tiene algo más importante en su haber: la fidelidad de una comunidad de lectores a la que ha conseguido reunir en derredor de una literatura perturbadora y áspera pero de una coherencia en fondo y forma tan hermosa como inusual en el panorama actual. Y es esa obra en progresión ascendente la que llega ahora a una nueva estación con Cara de pan, una nouvelle donde el manejo de la elipsis que la autora practicaba con destreza en anteriores novelas, especialmente Cicatriz, le permite mantener en una extraña y sugestiva atemporalidad la trama e introducir elementos de intriga y suspense que enriquecen las posibles lecturas y el trasfondo de una historia trágica donde el humor nunca se deja de lado.

Si inquietante y oscuro eran adjetivos aplicables sin tardanza a sus anteriores títulos, en Cara de pan esa turbidez está filtrada por una delicada nostalgia, por una deliberada ambigüedad donde cazador y cazado parecen intercambiar constantemente sus papeles, donde las leyes de la naturaleza (el bosque, los pájaros) se rebelan contra las inexorables leyes de una sociedad cada vez más artificial y egoísta, pacata y puritana.

Todos los elementos de la narrativa y de la poesía de Mesa, que el lector fiel no olvidará, desembocan así en una novela donde la autora se libera del peso de la tradición invocada por ella misma para ser Sara Mesa con todas sus consecuencias. Es su voz propia, afilada título a título con su mala letra, la que se impone sobre las atmósferas oscuras o mágicas de los cuentos infantiles y el eco de los relatos amargos y asfixiados por la realidad de la canadiense Alice Munro, con la que Cara de pan presenta algunas similitudes en el control del tiempo narrativo y el profundo respeto con que mira a sus criaturas, nunca ratas de laboratorio y siempre personas de carne, hueso, sudor y manías que iremos conociendo día a día.

La niña protagonista, la casi adolescente Casi, tiene dentro de sí a varias de las menores que aparecían en los cuentos de Mala letra, pertenecientes a familias quizá más desestructuradas, y sobre todo recuerda a una versión crecida de la niña de la novela Un incendio invisible que se encuentra en el río putrefacto con el protagonista de la novela. Esa coherencia con los protagonistas de su ya amplia carrera, que también está en los caracteres de Onetti que Sara Mesa ha confesado admirar más de una vez, es otra de las bazas de Cara de pan.

La autora coloca en el lector la responsabilidad de igualar el juicio social o evitar el linchamiento

Pero esta vez es el Viejo el que nos asombra por la luminosidad con que Mesa retrata a un personaje que parece condenado de antemano por toda la sociedad, un adulto excéntrico, dominado siempre por Casi, que en su dadivosidad también recuerda al monomaníaco Knut de Cicatriz. Pero ahora, aunque el relato mantiene la atmósfera claustrofóbica de los libros precedentes y ausculta en las relaciones de poder desequilibradas como base de la atracción (las frustraciones y aplazamientos que mantienen en tensión el deseo de posesión), la autora introduce con inteligencia un tercer actor mucho más cruel: la sociedad vigilante, la escuela, la moral biempensante.

Virginia Woolf recomendaba registrar en un diario nuestros principales acontecimientos y reflexiones pero quien ha escrito uno en la adolescencia sabe que el temor a caer en manos ajenas, a exponer lo que se piensa, llega a resultar paralizante. El diario que escribe Casi levanta acta de dos almas solitarias que han decidido practicar algo subversivo: violar los códigos de las relaciones entre niños y adultos así como los ritmos (educativos, morales) impuestos por la sociedad, los pedagogos y los psicólogos. Casi, acorde a los tiempos de Instagram, es exhibicionista a su manera. Su amigo y admirador, por el contrario, vive en los tiempos analógicos del papel pautado y los discos de vinilo, no maneja las claves que hoy hacen peligroso a quien busca el silencio, la conversación, el mirar pasar las nubes... El drama está servido desde el principio pero la autora lo dilata, lo acompasa a la caída de las hojas y la llegada del mal tiempo que pauta la narración como una composición musical.

La historia de la niña que decide voluntariamente faltar a clase y esconderse entre los setos de un parque urbano, en un barrio que no es el suyo, lejos de su entorno social, es la de una rebelión inviable que por momentos recuerda la que asumen los protagonistas de la sociedad hipervigilada que imaginó Orwell en 1984.

Mesa introduce un tercer actor cruel: la sociedad que vigila, la moral biempensante

De Viejo, el amigo que la visita a diario y la invita a chucherías y le enseña a distinguir el canto de los pájaros, siempre sabemos menos que de Casi, y lo que vamos sabiendo de su propia boca sólo invita al miedo, la desazón. Ese es un acierto mayor de Sara Mesa: colocar en cada lector la posibilidad de igualar el juicio social, el linchamiento, o acercarse a esta disfuncional pareja de otra manera.

Hay por otro lado inteligentes guiños cinematográficos en una obra que a veces recuerda al cine de Bresson y a sus protagonistas desamparados, y donde si miraran con calma Lucrecia Martel y Pedro Almodóvar encontrarían un gran filón para sus guiones.

La relación con el cuerpo, la metamorfosis de Casi de niña a adulta, la incomunicación en su hogar y la frialdad metálica del centro escolar que no añora su presencia ni cuestiona su ausencia son otros asuntos que Sara Mesa introduce en el escenario mínimo y teatral que compone ese refugio vegetal que ella aclara, en la nota final, que se inspira en ciertos lugares del parque Amate en Sevilla. Casi no es una nínfula pero las palomitas y las patatas fritas tienen, en esta novela pequeña y magistral, el sabor de la manzana con la que Eva tienta a su compañero en ese jardín del bien y el mal donde nada es lo que parece.

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