Lina Tur Bonet & Javier Núñez | Crítica El alma y los genes de Bach

Lina Tur Bonet y Javier Núñez en el Espacio Turina. Lina Tur Bonet y Javier Núñez en el Espacio Turina.

Lina Tur Bonet y Javier Núñez en el Espacio Turina. / José Ángel García

Fue un gozo volver a ver juntos a Lina Tur Bonet y Javier Núñez después de aquel flechazo de las Sonatas del Rosario de Biber en el Otoño Barroco de 2016. Dieron esta vez un paso en el tiempo para acercarse a la familia Bach, a la que celebraron en un festival de sonatas extraordinario en el que la mayor parte del tiempo el clave está mucho más exigido que el violín. La respuesta del clavecinista sevillano fue soberbia, con una pasmosa seguridad técnica, sin fallar ni una (y había muchas notas que tocar) y, lo más importante, con una musicalidad y una capacidad para el diálogo con su compañera por completo ejemplar.

Se arrancó con una obra en la que es el violín el que impone su bellísima melodía: está catalogada como la BWV 1021 de Sebastian, pero bien podría ser una obra de colaboración entre el padre y su hijo Emanuel. Tur Bonet mostró ahí ya una de las características esenciales de su estilo, la versatilidad, la maestría para regular el caudal sonoro, cambiar el tipo de articulación y modular el timbre: su violín puede sonar dulce y lírico como el de cualquiera, pero luego convertirse en un agilísimo mecanismo para transitar por sinuosas cataratas de corcheas (como en el Presto final) o tronar como un cañón de dramatismo, lo que dejó sentir especialmente en las dos soberbias Sonatas de Emanuel.

Fue en las introducciones de esas dos piezas en las que Núñez enseñó su virtuosismo (deslumbrante mano derecha sobre la claridad impoluta del bajo) y la notable transparencia en los pasajes de mayor densidad de texturas. De especial hondura resultó el Allegro de apertura de la Sonata en do menor, en el que Tur Bonet acompañó con un sonido más grueso, punzante y agreste para luego entrar en el Andante asordinado con un filado emocionante, que fue creciendo en intensidad de forma prodigiosa. Algo así había dejado ver ya en el Andante de la Sonata de Friedrich, en el que sacó de su instrumento un sonido aéreo, lírico, profusamente graduado en materia de dinámicas. Las típicas imitaciones de los movimientos de cierre en cada Sonata supusieron momentos para la conversación más franca y directa entre los dos instrumentistas. Un encuentro feliz que pide ya su repetición.

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